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giovedì 12 settembre 2013
Come a Ratisbona, messaggio per l'Occidente e per l'islam (Restán)
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giovedì 18 luglio 2013
Lumen Fidei: il commento di José Luis Restán
Mucho de Benedicto, pero es toda de Francisco
José Luis Restán
“La providencia nos está dando una sacudida con el Papa Francisco, estoy impresionado por la fuerza de su testimonio, por su estilo de vida y por su capacidad de relacionarse con la gente”. Así se expresaba recientemente el Cardenal Ángelo Scola en una entrevista concedida al vaticanista Andrea Tornielli. Es una valoración muy cualificada pero además llena de precisión. Cuatro meses después de la elección de Jorge Bergoglio para la Sede de San Pedro, es indudable que el nuevo Papa ha impreso una quinta velocidad al camino de la Iglesia. Su singular personalidad ha irrumpido rompiendo esquemas, pero no olvidemos que a eso ha contribuido decisivamente el gesto profético de Benedicto XVI y su propio testimonio de los últimos días.
La urgencia expresada por Benedicto XVI en la vigilia de la beatificación de John Henry Newman, cuando decía que los cristianos no podemos permitirnos el lujo de continuar como si no pasara nada, haciendo caso omiso de la profunda crisis de fe que impregna nuestra sociedad, o confiando sencillamente en que el patrimonio de valores transmitido durante siglos de cristianismo seguirá inspirando y configurando el futuro de nuestra sociedad, es la que traspiran los relámpagos de Francisco cuando nos invita a salir a las periferias existenciales, para llevar al corazón de cada hombre la única respuesta a su ansia de curación y de felicidad, que es Jesucristo.
La publicación de la encíclica Lumen Fidei es una demostración clamorosa de la dinámica de la renovación en la continuidad. Por eso ha desagradado tanto al frente de los creadores virtuales de un pontificado en abierta ruptura (según ellos) con cuarenta y cinco años de guía eclesial, la que va desde el Pablo VI de la Humanae Vitae hasta Benedicto XVI. A estos recreadores virtuales les ha fastidiado la impronta ratzingeriana de la primera encíclica de Francisco porque les deja sin argumentos. Y es que nadie puede sustraerse a la sentencia del cardenal Ouellet en la presentación del documento: “en esta encíclica hay mucho de Benedicto, pero es toda de Francisco”.
Otro gesto que ha producido alergia en el campo de los constructores de fantasías eclesiales ha sido la decisión (personalísima) de Francisco, de canonizar conjuntamente a Juan XXIII y a Juan Pablo II. Alguno no ha podido reprimir su mal humor al decir que “eran como el agua y el aceite” pues uno amaba el diálogo mientras el otro tendía a la imposición. Afortunadamente estas y otras leyendas apolilladas se las conoce muy bien el Papa Bergoglio. La futura canonización de ambos pontífices tendrá un valor añadido como lectura histórica del arco de los últimos cincuenta años.
Entre las filas de la fantasía rupturista vuelve a cobrar protagonismo estos días Leonardo Boff, primero entusiasmado y ahora desilusionado con Francisco. Empieza a estropearse el festival. Leonardo debería escuchar más a su hermano Clodovis, que ha reconocido abiertamente que en el gran debate de los años ochenta sobre la Teología de la Liberación Ratzinger llevaba razón: “hacer el bien no basta para ser cristiano, lo esencial es confesar la fe… sin eso la Iglesia se vuelve irrelevante, pero no sólo ella sino el mismo Cristo”.
Para terminar apunto un pasaje clave en la celebrada pero poco estudiada homilía de Francisco en la isla de Lampedusa. Aquel en que en que recordando la desorientación de Adán tras su desobediencia, explica que cuando el hombre pretende ocupar el lugar de Dios “la armonía se rompe… y el otro no es ya un hermano al que amar, sino simplemente alguien que molesta en mi vida, en mi bienestar… El sueño de ser poderoso, de ser grande como Dios, en definitiva de ser Dios, lleva a una cadena de errores que es cadena de muerte, ¡lleva a derramar la sangre del hermano!”.
http://www.paginasdigital.es/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=4028&te=15&idage=7689&vap=0
José Luis Restán
“La providencia nos está dando una sacudida con el Papa Francisco, estoy impresionado por la fuerza de su testimonio, por su estilo de vida y por su capacidad de relacionarse con la gente”. Así se expresaba recientemente el Cardenal Ángelo Scola en una entrevista concedida al vaticanista Andrea Tornielli. Es una valoración muy cualificada pero además llena de precisión. Cuatro meses después de la elección de Jorge Bergoglio para la Sede de San Pedro, es indudable que el nuevo Papa ha impreso una quinta velocidad al camino de la Iglesia. Su singular personalidad ha irrumpido rompiendo esquemas, pero no olvidemos que a eso ha contribuido decisivamente el gesto profético de Benedicto XVI y su propio testimonio de los últimos días.
La urgencia expresada por Benedicto XVI en la vigilia de la beatificación de John Henry Newman, cuando decía que los cristianos no podemos permitirnos el lujo de continuar como si no pasara nada, haciendo caso omiso de la profunda crisis de fe que impregna nuestra sociedad, o confiando sencillamente en que el patrimonio de valores transmitido durante siglos de cristianismo seguirá inspirando y configurando el futuro de nuestra sociedad, es la que traspiran los relámpagos de Francisco cuando nos invita a salir a las periferias existenciales, para llevar al corazón de cada hombre la única respuesta a su ansia de curación y de felicidad, que es Jesucristo.
La publicación de la encíclica Lumen Fidei es una demostración clamorosa de la dinámica de la renovación en la continuidad. Por eso ha desagradado tanto al frente de los creadores virtuales de un pontificado en abierta ruptura (según ellos) con cuarenta y cinco años de guía eclesial, la que va desde el Pablo VI de la Humanae Vitae hasta Benedicto XVI. A estos recreadores virtuales les ha fastidiado la impronta ratzingeriana de la primera encíclica de Francisco porque les deja sin argumentos. Y es que nadie puede sustraerse a la sentencia del cardenal Ouellet en la presentación del documento: “en esta encíclica hay mucho de Benedicto, pero es toda de Francisco”.
Otro gesto que ha producido alergia en el campo de los constructores de fantasías eclesiales ha sido la decisión (personalísima) de Francisco, de canonizar conjuntamente a Juan XXIII y a Juan Pablo II. Alguno no ha podido reprimir su mal humor al decir que “eran como el agua y el aceite” pues uno amaba el diálogo mientras el otro tendía a la imposición. Afortunadamente estas y otras leyendas apolilladas se las conoce muy bien el Papa Bergoglio. La futura canonización de ambos pontífices tendrá un valor añadido como lectura histórica del arco de los últimos cincuenta años.
Entre las filas de la fantasía rupturista vuelve a cobrar protagonismo estos días Leonardo Boff, primero entusiasmado y ahora desilusionado con Francisco. Empieza a estropearse el festival. Leonardo debería escuchar más a su hermano Clodovis, que ha reconocido abiertamente que en el gran debate de los años ochenta sobre la Teología de la Liberación Ratzinger llevaba razón: “hacer el bien no basta para ser cristiano, lo esencial es confesar la fe… sin eso la Iglesia se vuelve irrelevante, pero no sólo ella sino el mismo Cristo”.
Para terminar apunto un pasaje clave en la celebrada pero poco estudiada homilía de Francisco en la isla de Lampedusa. Aquel en que en que recordando la desorientación de Adán tras su desobediencia, explica que cuando el hombre pretende ocupar el lugar de Dios “la armonía se rompe… y el otro no es ya un hermano al que amar, sino simplemente alguien que molesta en mi vida, en mi bienestar… El sueño de ser poderoso, de ser grande como Dios, en definitiva de ser Dios, lleva a una cadena de errores que es cadena de muerte, ¡lleva a derramar la sangre del hermano!”.
http://www.paginasdigital.es/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=4028&te=15&idage=7689&vap=0
lunedì 8 luglio 2013
Lumen Fidei: il commento di José Luis Restán
Riceviamo e con piacere e gratitudine pubblichiamo:
Luz para que no languidezca la vida
José Luis Restán
El tríptico de las virtudes teologales se ha completado finalmente en el Año de la Fe. Lumen Fidei, La luz de la Fe, es el título de esta hermosa carta que hace evidente la continuidad del camino de la Iglesia. Lleva evidentemente la firma de Francisco y es su autoridad la que nos la entrega y confía, pero él mismo ha querido consignar por escrito que Benedicto XVI “ya había completado prácticamente una primera redacción” y que él ha querido asumir ese trabajo “añadiendo al texto algunas aportaciones”. Una novedad en la historia de esta literatura pontificia, que en el fondo demuestra lo estúpido de algunas contraposiciones que algunos se han empeñado en construir.
Al comienzo la Encíclica reconoce que en nuestro mundo actual “la fe ha acabado por ser asociada a la oscuridad”. No en vano el llamado siglo de las luces vio levantarse la impugnación a la Tradición cristiana que ahora ha adquirido carta de naturaleza. La luz ha sido asociada fundamentalmente a la ciencia, o más en general a una razón empírica cada vez más cerrada a la cuestión del significado, a las grandes preguntas del hombre. Por eso la fe viene emparentada en tantas imágenes de los Medios con lo oscuro y esotérico. Basta pasear la mirada por los anaqueles de alguna librería de estación para descubrir el lóbrego esquinazo reservado a cuanto tiene que ver con la fe cristiana.
Y sin embargo estamos quizás asistiendo al final del ciclo iniciado entonces. Ni aquella razón que desdeñaba la fe ha cumplido sus promesas ni la fe que se anunciaba difunta ha desaparecido del mapa, todo lo contrario. Y así él primer gran texto del magisterio de un Papa llegado de la joven América se atreve a presentar la fe como un luz que está por descubrir, porque nuestro mundo tiene ya la amarga experiencia de que “cuando su llama se apaga todas las demás luces acaban languideciendo”. La convicción que animaba la misión de los primeros cristianos era precisamente que la fe era la luz que los liberaba de las ataduras y temores típicos del mundo antiguo, una luz que hacía grande y plena la vida. Pero ¿en qué consiste esta fe?: “… en que se nos ha dado un gran Amor, que se nos ha dirigido una Palabra buena, y que, si acogemos esta Palabra, que es Jesucristo, Palabra encarnada, el Espíritu Santo nos transforma, ilumina nuestro camino hacia el futuro, y da alas a nuestra esperanza para recorrerlo con alegría”.
Se nos ha dado. Hay un hecho que siempre es previo al movimiento de la razón y la libertad humanas. Un hecho desconcertante e inesperado, que rompe nuestros esquemas pero que no es extraño a nuestro deseo, a nuestra espera. La fe ilumina las raíces más profundas de nuestro ser, permite reconocer la fuente de bondad que hay en el origen de todas las cosas, y confirmar que nuestra vida no procede de la nada o la casualidad. El hecho decisivo del que surge la fe cristiana es Jesús, su encarnación, muerte y resurrección. “La historia de Jesús (recordemos aquí el Jesús de Nazaret de J. Ratzinger) es la manifestación plena de la fiabilidad de Dios”. Por tanto la fe cristiana se refiere a un Dios que ha entrado en la historia, con todo lo que eso conlleva de escándalo pero también de promesa.
El capítulo segundo, el más denso y provocador, se refiere a la relación entre fe y verdad, o si preferimos, entre fe y conocimiento. Aquí se afronta la dramática fractura con la modernidad que pretendió “deshacer la conexión de la religión con la verdad”. Pero una fe que renunciase a la cuestión de la verdad (como sucedía en los cultos de la Antigüedad) no puede salvar; y una verdad que se cierra al horizonte del Misterio se reduce a mera técnica, incapaz de dar cuenta de una vida que es deseo, sufrimiento y ansia de plenitud. Pero el hombre no puede dejar de desear y buscar la verdad, y con esa búsqueda entabla una y otra vez su diálogo el cristianismo.
La verdad que propone la fe “no se impone con la violencia, no aplasta a la persona”, porque esta verdad es al mismo tiempo amor y nace del amor. Por eso “el creyente no es arrogante; al contrario, la verdad le hace humilde, sabiendo que, más que poseerla él, es ella la que le abraza y le posee. En lugar de hacernos intolerantes, la seguridad de la fe nos pone en camino y hace posible el testimonio y el diálogo con todos”.
Es precioso ver desplegarse en el texto la fe como un oír, un ver y un tocar. La fe es escucha de una Palabra, pero es también contemplación de un rostro, y en último término es ser “tocado” por una fuerza (una gracia) que transforma realmente la vida. Jesús es un hombre presente que habla, que se mide con la razón de quienes lo escuchan, que invita al seguimiento, que cura y sana, que enciende una esperanza desconocida. Y este dinamismo prosigue hoy en la vida de la Iglesia (madre de nuestra fe) a través de la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, la experiencia de la caridad que da forma a las relaciones y el servicio de la autoridad apostólica. “El pasado de la fe, aquel acto de amor de Jesús, que ha hecho germinar en el mundo una vida nueva, nos llega en la memoria de otros, de testigos, conservado vivo en aquel sujeto único de memoria que es la Iglesia”.
El último capítulo nos muestra cómo la fe se pone al servicio concreto de la justicia, del derecho y de la paz, permitiendo a los hombres construir una ciudad fiable. Lejos de apartarnos del mundo y de sus afanes concretos la fe ensancha el horizonte de la vida, nos hace descubrir que nuestra vocación es el amor, y que vale la pena construir porque la fidelidad de Dios es más fuerte que todas nuestras debilidades. Por el contrario cuando la fe es expulsada del ámbito de la ciudad común “falta el criterio para distinguir lo que hace preciosa y única la vida del hombre… y entonces pierde su puesto en el universo, se pierde en la naturaleza, renunciando a su responsabilidad moral, o bien pretende ser árbitro absoluto, atribuyéndose un poder de manipulación sin límites”.
Concluimos volviendo a las primeras páginas. En 1865 el joven Nietzsche invitaba a su hermana Elisabeth a emprender nuevos caminos abandonando la rémora de la vieja fe recibida de anteriores generaciones. Así podría gozar de la vida como búsqueda libre y apasionante aventura. Nunca imaginó el combativo filósofo que 150 años después un Papa le honrara con esta cita en un texto que muestra la fe como luz para entrar en el tejido palpitante de la vida. Su intuición de que la vida es una aventura en que cada uno debe buscar la verdad, reconocerla libremente y abrazarla, no era errada. Pero se equivocó de enemigo y trazó un camino que sólo podía convertirse en un dramático tiovivo. Por el contrario necesitamos recuperar aquella visión de Dante que describía la fe como una “chispa que centellea cual estrella en el cielo”.
http://www.paginasdigital.es/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=3972&te=15&idage=7579&vap=0&npag=1
Luz para que no languidezca la vida
José Luis Restán
El tríptico de las virtudes teologales se ha completado finalmente en el Año de la Fe. Lumen Fidei, La luz de la Fe, es el título de esta hermosa carta que hace evidente la continuidad del camino de la Iglesia. Lleva evidentemente la firma de Francisco y es su autoridad la que nos la entrega y confía, pero él mismo ha querido consignar por escrito que Benedicto XVI “ya había completado prácticamente una primera redacción” y que él ha querido asumir ese trabajo “añadiendo al texto algunas aportaciones”. Una novedad en la historia de esta literatura pontificia, que en el fondo demuestra lo estúpido de algunas contraposiciones que algunos se han empeñado en construir.
Al comienzo la Encíclica reconoce que en nuestro mundo actual “la fe ha acabado por ser asociada a la oscuridad”. No en vano el llamado siglo de las luces vio levantarse la impugnación a la Tradición cristiana que ahora ha adquirido carta de naturaleza. La luz ha sido asociada fundamentalmente a la ciencia, o más en general a una razón empírica cada vez más cerrada a la cuestión del significado, a las grandes preguntas del hombre. Por eso la fe viene emparentada en tantas imágenes de los Medios con lo oscuro y esotérico. Basta pasear la mirada por los anaqueles de alguna librería de estación para descubrir el lóbrego esquinazo reservado a cuanto tiene que ver con la fe cristiana.
Y sin embargo estamos quizás asistiendo al final del ciclo iniciado entonces. Ni aquella razón que desdeñaba la fe ha cumplido sus promesas ni la fe que se anunciaba difunta ha desaparecido del mapa, todo lo contrario. Y así él primer gran texto del magisterio de un Papa llegado de la joven América se atreve a presentar la fe como un luz que está por descubrir, porque nuestro mundo tiene ya la amarga experiencia de que “cuando su llama se apaga todas las demás luces acaban languideciendo”. La convicción que animaba la misión de los primeros cristianos era precisamente que la fe era la luz que los liberaba de las ataduras y temores típicos del mundo antiguo, una luz que hacía grande y plena la vida. Pero ¿en qué consiste esta fe?: “… en que se nos ha dado un gran Amor, que se nos ha dirigido una Palabra buena, y que, si acogemos esta Palabra, que es Jesucristo, Palabra encarnada, el Espíritu Santo nos transforma, ilumina nuestro camino hacia el futuro, y da alas a nuestra esperanza para recorrerlo con alegría”.
Se nos ha dado. Hay un hecho que siempre es previo al movimiento de la razón y la libertad humanas. Un hecho desconcertante e inesperado, que rompe nuestros esquemas pero que no es extraño a nuestro deseo, a nuestra espera. La fe ilumina las raíces más profundas de nuestro ser, permite reconocer la fuente de bondad que hay en el origen de todas las cosas, y confirmar que nuestra vida no procede de la nada o la casualidad. El hecho decisivo del que surge la fe cristiana es Jesús, su encarnación, muerte y resurrección. “La historia de Jesús (recordemos aquí el Jesús de Nazaret de J. Ratzinger) es la manifestación plena de la fiabilidad de Dios”. Por tanto la fe cristiana se refiere a un Dios que ha entrado en la historia, con todo lo que eso conlleva de escándalo pero también de promesa.
El capítulo segundo, el más denso y provocador, se refiere a la relación entre fe y verdad, o si preferimos, entre fe y conocimiento. Aquí se afronta la dramática fractura con la modernidad que pretendió “deshacer la conexión de la religión con la verdad”. Pero una fe que renunciase a la cuestión de la verdad (como sucedía en los cultos de la Antigüedad) no puede salvar; y una verdad que se cierra al horizonte del Misterio se reduce a mera técnica, incapaz de dar cuenta de una vida que es deseo, sufrimiento y ansia de plenitud. Pero el hombre no puede dejar de desear y buscar la verdad, y con esa búsqueda entabla una y otra vez su diálogo el cristianismo.
La verdad que propone la fe “no se impone con la violencia, no aplasta a la persona”, porque esta verdad es al mismo tiempo amor y nace del amor. Por eso “el creyente no es arrogante; al contrario, la verdad le hace humilde, sabiendo que, más que poseerla él, es ella la que le abraza y le posee. En lugar de hacernos intolerantes, la seguridad de la fe nos pone en camino y hace posible el testimonio y el diálogo con todos”.
Es precioso ver desplegarse en el texto la fe como un oír, un ver y un tocar. La fe es escucha de una Palabra, pero es también contemplación de un rostro, y en último término es ser “tocado” por una fuerza (una gracia) que transforma realmente la vida. Jesús es un hombre presente que habla, que se mide con la razón de quienes lo escuchan, que invita al seguimiento, que cura y sana, que enciende una esperanza desconocida. Y este dinamismo prosigue hoy en la vida de la Iglesia (madre de nuestra fe) a través de la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, la experiencia de la caridad que da forma a las relaciones y el servicio de la autoridad apostólica. “El pasado de la fe, aquel acto de amor de Jesús, que ha hecho germinar en el mundo una vida nueva, nos llega en la memoria de otros, de testigos, conservado vivo en aquel sujeto único de memoria que es la Iglesia”.
El último capítulo nos muestra cómo la fe se pone al servicio concreto de la justicia, del derecho y de la paz, permitiendo a los hombres construir una ciudad fiable. Lejos de apartarnos del mundo y de sus afanes concretos la fe ensancha el horizonte de la vida, nos hace descubrir que nuestra vocación es el amor, y que vale la pena construir porque la fidelidad de Dios es más fuerte que todas nuestras debilidades. Por el contrario cuando la fe es expulsada del ámbito de la ciudad común “falta el criterio para distinguir lo que hace preciosa y única la vida del hombre… y entonces pierde su puesto en el universo, se pierde en la naturaleza, renunciando a su responsabilidad moral, o bien pretende ser árbitro absoluto, atribuyéndose un poder de manipulación sin límites”.
Concluimos volviendo a las primeras páginas. En 1865 el joven Nietzsche invitaba a su hermana Elisabeth a emprender nuevos caminos abandonando la rémora de la vieja fe recibida de anteriores generaciones. Así podría gozar de la vida como búsqueda libre y apasionante aventura. Nunca imaginó el combativo filósofo que 150 años después un Papa le honrara con esta cita en un texto que muestra la fe como luz para entrar en el tejido palpitante de la vida. Su intuición de que la vida es una aventura en que cada uno debe buscar la verdad, reconocerla libremente y abrazarla, no era errada. Pero se equivocó de enemigo y trazó un camino que sólo podía convertirse en un dramático tiovivo. Por el contrario necesitamos recuperar aquella visión de Dante que describía la fe como una “chispa que centellea cual estrella en el cielo”.
http://www.paginasdigital.es/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=3972&te=15&idage=7579&vap=0&npag=1
martedì 2 luglio 2013
Tutto diventa più chiaro (Restán)
Todo se hace más claro
José Luis Restán
El incipiente verano del hemisferio norte, preludio del tórrido ferragosto romano, no arredra al Papa llegado de casi el fin del mundo. La última semana de junio y la primera de julio han sido pródigas en anuncios y decisiones: la nueva Comisión para el IOR, el anuncio de la encíclica Lumen Fidei y del viaje a la isla de Lampedusa, donde rezará el próximo lunes junto a los inmigrantes allí retenidos. En estos días se multiplican además los coloquios con obispos de todo el mundo con vistas a la reforma de la Curia pero también a la provisión de importantes sedes episcopales, y no hay que olvidar que se acerca también el primer viaje de su pontificado rumbo a un Brasil en ebullición, donde le esperan millones de jóvenes. Y todo ello sin abandonar la predicación diaria en Santa Marta, ya que Francisco piensa que la situación requiere una presencia directa, constante e incisiva del Papa.
El pasado sábado presidió por primera vez la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo. Siguiendo caminos muy diversos la Providencia quiso que los dos llegaran a Roma y allí derramaran su sangre por la fe. Y el Papa ha recordado que por esta razón “la Iglesia de Roma se convirtió, inmediata y espontáneamente, en el punto de referencia para todas las Iglesias esparcidas en el mundo. ¡No por el poder del Imperio, sino por la fuerza del martirio, del testimonio dado a Cristo! En el fondo, es siempre y sólo el amor de Cristo el que genera la fe y el que impulsa hacia adelante a la Iglesia”. Este es un surco en el que Francisco ha metido la reja y no piensa sacarla sin ahondar todo lo necesario. De nuevo la advertencia frente a la tentación de buscar apoyo y consistencia en construcciones auxiliares, o mucho peor, en ídolos diversos. También Pedro y Pablo debieron aprender esto, como lo tenemos que aprender nosotros hoy. Por ejemplo, Pedro hubo de sufrir la dura reprimenda del Señor cuando pretendía impedir que subiera a Jerusalén para ser crucificado. “Cuando dejamos que prevalezcan nuestras ideas, nuestros sentimientos, la lógica del poder humano, y no nos dejamos instruir y guiar por la fe, por Dios, nos convertimos en piedras de tropiezo”, recordaba Francisco, por eso la Iglesia no puede apoyarse en otra cosa más que en la fe. La Comisión para el IOR responde también a esa convicción. Así lo explica el propio pontífice en el documento con el que quedaba establecida: “siguiendo la invitación de nuestro predecesor Benedicto XVI de consentir a los principios del Evangelio permear también las actividades de naturaleza económica y financiera… y a la luz de la necesidad de introducir reformas en las Instituciones que auxilian a la Sede apostólica, hemos decidido instituir una Comisión Referente del Instituto para las Obras de Religión que recoja informaciones puntuales sobre la posición jurídica y sobre las diversas actividades del Instituto a fin de consentir, cuando sea necesario, una mejor armonización del mismo con la misión universal de la Sede apostólica”. Así que cuando Francisco afirmó que la Santa Sede necesita un instituto financiero “sólo hasta cierto punto”, no hacía un brindis al sol. Ahora veremos cómo y de qué manera conviene tenerlo, para que sirva exclusivamente a la única misión de la Iglesia.
La labor de purificación iniciada en tantos campos por Benedicto XVI encuentra ahora confirmación y aceleración, con el estilo franco y expeditivo de Francisco. Y no puede ser casualidad que pocos días antes de que salga a la luz la encíclica Lumen Fidei, que el Papa Francisco ha completado y rubricado asumiendo el “documento fuerte” legado por su predecesor, haya querido rendirle un significativo homenaje durante el rezo del Ángelus: “... el Papa Benedicto XVI nos ha dado este gran ejemplo. Cuando el Señor en la oración, le ha hecho comprender cuál era el paso que debía dar. Ha seguido, con gran sentido de discernimiento y valor, su conciencia, o sea la voluntad de Dios que hablaba a su corazón. Y este ejemplo de nuestro Padre nos hace mucho bien a todos nosotros, como un ejemplo que debemos seguir”.
Nos viene a la mente aquel latigazo del 11 de febrero: “en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu…” Hacía falta una plenitud de vigor que ahora vemos en acto. Y parece que todo se hace más claro.
http://www.paginasdigital.es/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=3953&te=15&idage=7540&vap=0
martedì 25 giugno 2013
Montini secondo Ratzinger... e quella profetica omelia (Restán)
Riceviamo e con grande piacere e gratitudine pubblichiamo:
Resistió a la "telecracia", sólo se dejó plasmar por la fe
José Luis Restán
El cincuenta aniversario de la elección de Juan Bautista Montini como Papa Pablo VI nos brinda una nueva oportunidad de contemplar el recorrido de este tramo de historia de la Iglesia que se inicia con la convocatoria del Concilio Vaticano II. La decisiva y no poco atribulada estación del Papa Montini es esencial para comprender la historia reciente, pero también el momento presente.
Para celebrar este aniversario L’Osservatore Romano ha publicado una impresionante homilía, hasta ahora inédita, pronunciada cuatro días después de la muerte de Pablo VI por el joven arzobispo de Munich, Joseph Ratzinger, un hombre sobre el que se había fijado la intuitiva mirada de aquel gran Papa que no temió romper inercias y convenciones para sentarlo en la sede de San Corbiniano, en el corazón de la católica Baviera, cuando estallaba la contestación anti-romana siempre a punto de germinar en el subsuelo germano. Podría decirse, con la perspectiva que dan los años, que aquella sorprendente decisión de un Papa cuya salud declinaba a gran velocidad (apenas transcurrió año y medio desde el nombramiento de Ratzinger hasta su muerte) sería un regalo de incalculables consecuencias para la Iglesia a la que Pablo VI quiso servir apasionadamente hasta el último aliento.
Durante esta homilía que sorprendentemente había quedado confinada en el número 28 del boletín de la archidiócesis muniquesa, sin que haya sido publicada en ningún otro lugar, el arzobispo Ratzinger se fija en la metamorfosis que la fe había provocado en Pablo VI a lo largo de años de gozoso pero muy sufrido pontificado, una metamorfosis que le cambió y purificó haciéndole “cada vez más libre, más profundo, más bueno, perspicaz y sencillo”. Y recordando las palabras de Jesús a Pedro, que podemos considerar como la dote que regala a cada uno de sus sucesores, afirmaba: “Pablo VI se ha dejado conducir, cada vez más, allí donde humanamente, por sí mismo, no hubiese querido ir… cada vez más el pontificado ha significado para él dejarse ceñir por otro y ser atado a la cruz”. Y a continuación nos transmite con gran viveza el sentimiento que de todo esto experimentaba este hombre llamado a la sede más misteriosa de la tierra, la del apóstol Pedro: “Podemos imaginar hasta qué punto le debió resultar pesado el pensamiento de no pertenecerse más a sí mismo, de no disponer ya de un momento privado, de estar encadenado, hasta el final, con el propio cuerpo que decae, a una tarea que exige el compromiso pleno y vivo de todas las fuerzas de un hombre”. Palabras que, leídas ahora, describen con una precisión cortante lo que ha debido experimentar Benedicto XVI en meses recientes, cuando como Pablo VI en su día, maduraba la idea de renunciar.
Y prosigue recordando que no encontraba placer alguno en el poder, en la posición ni en la carrera realizada, y precisamente por eso llegó a tener un autoridad tan grande y creíble, porque nunca la buscó sino que la sobrellevó como un sufrimiento. Impresionan estas palabras dichas a las pocas horas de la muerte del Papa Montini, porque trazan un retrato de gran hondura y expresividad, pero también por el carácter profético que adquieren cuando las lee alguien que ha conocido la intrahistoria del pontificado de Benedicto XVI. Hay un pasaje particularmente incisivo en el que Ratzinger afronta las amargas críticas que hubo de sufrir Pablo VI, especialmente en la fase final de su pontificado: “Pablo VI ha resistido a la “telecracia” y a la demoscopia, las dos potencias dictatoriales del presente, y ha podido hacerlo porque no tomaba como parámetros el éxito ni la aprobación, sino la conciencia que se mide con la verdad, con la fe”. Y esto mismo que le permitió ser una roca cuando veía en juego la Tradición esencial de la Iglesia, le permitió ser flexible en muchas otras cosas, porque entendía que la fe ofrece mucho espacio abierto a diversas posibilidades.
La fe es (de alguna manera) una muerte a tantas cosas, pero es también una metamorfosis para entrar en la vida verdadera. Y produce una alegría fuerte y serena contemplar la descripción que aquel joven y prometedor arzobispo centroeuropeo hacía de esta metamorfosis que transformó las aparentes derrotas en la vida de Pablo VI, en una espléndida victoria de Cristo: “La fe le ha dado coraje, le ha dado bondad, en él se ve claramente que la verdadera fe no cierra sino que abre… Al final nuestra memoria conserva la imagen de un hombre que tiende las manos”. Parece como si hubiera sucedido ahora mismo.
http://www.paginasdigital.es/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=3926&te=15&idage=7493&vap=0
Resistió a la "telecracia", sólo se dejó plasmar por la fe
José Luis Restán
El cincuenta aniversario de la elección de Juan Bautista Montini como Papa Pablo VI nos brinda una nueva oportunidad de contemplar el recorrido de este tramo de historia de la Iglesia que se inicia con la convocatoria del Concilio Vaticano II. La decisiva y no poco atribulada estación del Papa Montini es esencial para comprender la historia reciente, pero también el momento presente.
Para celebrar este aniversario L’Osservatore Romano ha publicado una impresionante homilía, hasta ahora inédita, pronunciada cuatro días después de la muerte de Pablo VI por el joven arzobispo de Munich, Joseph Ratzinger, un hombre sobre el que se había fijado la intuitiva mirada de aquel gran Papa que no temió romper inercias y convenciones para sentarlo en la sede de San Corbiniano, en el corazón de la católica Baviera, cuando estallaba la contestación anti-romana siempre a punto de germinar en el subsuelo germano. Podría decirse, con la perspectiva que dan los años, que aquella sorprendente decisión de un Papa cuya salud declinaba a gran velocidad (apenas transcurrió año y medio desde el nombramiento de Ratzinger hasta su muerte) sería un regalo de incalculables consecuencias para la Iglesia a la que Pablo VI quiso servir apasionadamente hasta el último aliento.
Durante esta homilía que sorprendentemente había quedado confinada en el número 28 del boletín de la archidiócesis muniquesa, sin que haya sido publicada en ningún otro lugar, el arzobispo Ratzinger se fija en la metamorfosis que la fe había provocado en Pablo VI a lo largo de años de gozoso pero muy sufrido pontificado, una metamorfosis que le cambió y purificó haciéndole “cada vez más libre, más profundo, más bueno, perspicaz y sencillo”. Y recordando las palabras de Jesús a Pedro, que podemos considerar como la dote que regala a cada uno de sus sucesores, afirmaba: “Pablo VI se ha dejado conducir, cada vez más, allí donde humanamente, por sí mismo, no hubiese querido ir… cada vez más el pontificado ha significado para él dejarse ceñir por otro y ser atado a la cruz”. Y a continuación nos transmite con gran viveza el sentimiento que de todo esto experimentaba este hombre llamado a la sede más misteriosa de la tierra, la del apóstol Pedro: “Podemos imaginar hasta qué punto le debió resultar pesado el pensamiento de no pertenecerse más a sí mismo, de no disponer ya de un momento privado, de estar encadenado, hasta el final, con el propio cuerpo que decae, a una tarea que exige el compromiso pleno y vivo de todas las fuerzas de un hombre”. Palabras que, leídas ahora, describen con una precisión cortante lo que ha debido experimentar Benedicto XVI en meses recientes, cuando como Pablo VI en su día, maduraba la idea de renunciar.
Y prosigue recordando que no encontraba placer alguno en el poder, en la posición ni en la carrera realizada, y precisamente por eso llegó a tener un autoridad tan grande y creíble, porque nunca la buscó sino que la sobrellevó como un sufrimiento. Impresionan estas palabras dichas a las pocas horas de la muerte del Papa Montini, porque trazan un retrato de gran hondura y expresividad, pero también por el carácter profético que adquieren cuando las lee alguien que ha conocido la intrahistoria del pontificado de Benedicto XVI. Hay un pasaje particularmente incisivo en el que Ratzinger afronta las amargas críticas que hubo de sufrir Pablo VI, especialmente en la fase final de su pontificado: “Pablo VI ha resistido a la “telecracia” y a la demoscopia, las dos potencias dictatoriales del presente, y ha podido hacerlo porque no tomaba como parámetros el éxito ni la aprobación, sino la conciencia que se mide con la verdad, con la fe”. Y esto mismo que le permitió ser una roca cuando veía en juego la Tradición esencial de la Iglesia, le permitió ser flexible en muchas otras cosas, porque entendía que la fe ofrece mucho espacio abierto a diversas posibilidades.
La fe es (de alguna manera) una muerte a tantas cosas, pero es también una metamorfosis para entrar en la vida verdadera. Y produce una alegría fuerte y serena contemplar la descripción que aquel joven y prometedor arzobispo centroeuropeo hacía de esta metamorfosis que transformó las aparentes derrotas en la vida de Pablo VI, en una espléndida victoria de Cristo: “La fe le ha dado coraje, le ha dado bondad, en él se ve claramente que la verdadera fe no cierra sino que abre… Al final nuestra memoria conserva la imagen de un hombre que tiende las manos”. Parece como si hubiera sucedido ahora mismo.
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martedì 18 giugno 2013
L'eredità di Benedetto e la missione di Francesco (Restán)
Riceviamo e con piacere e gratitudine pubblichiamo:
La heredad de Benedicto y la misión de Francisco
José Luis Restán
Sabemos que es normal que cualquier Papa busque ayudas y aportaciones para trenzar el texto de una encíclica que sólo puede llevar una firma, pero aquí se trata de mucho más. Francisco asume explícitamente el trabajo de su predecesor: aquí la continuidad no necesita ser teorizada, resulta sencillamente un hecho bien elocuente.
La noticia, comunicada de viva voz y sin papeles por el propio Papa, de que pronto verá la luz una nueva encíclica dedicada a la fe, fruto del trabajo iniciado por Benedicto XVI que Francisco llevará a término, es muy significativa. “Es un documento fuerte”, ha comentado Francisco al referirse al texto que le entregó personalmente Benedicto XVI, para añadir algo más que un guiño: “dicen que estará escrita a cuatro manos”. Sabemos que es normal que cualquier Papa busque ayudas y aportaciones para trenzar el texto de una encíclica que sólo puede llevar una firma, pero aquí se trata de mucho más. Francisco asume explícitamente el trabajo de su predecesor: aquí la continuidad no necesita ser teorizada, resulta sencillamente un hecho bien elocuente.
Y no es un hecho baladí, cuando asistimos todos los días a las reconstrucciones y a los juegos de espejos que pretenden crear dos imágenes contrapuestas, con la perniciosa conclusión (falsa pero efectiva en cierto imaginario social) de una especie de ruptura, de una suerte de nueva estación que dejaría atrás el legado de más de treinta años de conducción de la Iglesia. Es interesante anotar aquí el comentario realizado por Joseph Ratzinger y desvelado por su amigo, el siquiatra y teólogo Manfred Lütz que le ha visitado en su retiro del convento Mater Ecclesiae: “Desde el punto de vista teológico (Francisco y yo) estamos perfectamente de acuerdo”. Pero que nadie atribuya el comentario a la mera cortesía. Precisamente Lütz acaba de escribir junto al cardenal Josef Cordes (otro viejo amigo de confianza de Ratzinger) un libro titulado “La heredad de Benedicto y la misión de Francisco”, cuyo eje es la idea de “desmundanizar la Iglesia”. Esta idea, tan explícita y reiteradamente abordada por Francisco en la predicación de su primer trimestre de pontificado, estaba ya muy presente en el magisterio del Papa Benedicto.
Cordes y Lütz ponen el foco sobre el discurso que Benedicto XVI dirigió en Friburgo a los católicos comprometidos en la Iglesia y la sociedad, en septiembre de 2011. Con tonos ciertamente severos (que sin embargo cosecharon poco eco mediático), el Papa Ratzinger denunció la tendencia “de una Iglesia satisfecha de sí misma, que se acomoda se vuelve autosuficiente y se adapta a los criterios del mundo... dando así mayor importancia a la organización y a la institucionalización que a la llamada a estar abierta a Dios y a abrir el mundo hacia el prójimo”. No sólo eso, Benedicto XVI añadió un juicio histórico que de haber sido debidamente escuchado habría dejado boquiabierto a más de uno: “las secularizaciones, ya consistan en expropiaciones de bienes de la Iglesia o en supresión de privilegios o cosas similares, han significado siempre una profunda liberación de la Iglesia de formas mundanas: se despoja, por decirlo así, de su riqueza terrena y vuelve a abrazar plenamente su pobreza… Liberada de fardos y privilegios materiales y políticos, la Iglesia puede dedicarse mejor y de manera verdaderamente cristiana al mundo entero; puede verdaderamente estar abierta al mundo. Puede vivir nuevamente con más soltura su llamada al ministerio de la adoración de Dios y al servicio del prójimo”. Será difícil encontrar mayor sintonía que la que aquí se advierte respecto del reclamo de Francisco de una Iglesia pobre, libre de seguridades mundanas, y volcada hacia las periferias del mundo.
Pero la continuidad de fondo no se concentra sólo en este punto. Hace bien poco Francisco ha hecho notar de nuevo su preocupación por una especie de pelagianismo redivivo en la Iglesia. Se trata de la doctrina de Pelagio, duramente criticada por San Agustín y condenada por el Concilio de Éfeso, que despreciaba la necesidad de la gracia para obrar el bien y obtener la salvación. En el fondo, el hombre se bastaría a sí mismo, y tan sólo necesitaría el buen ejemplo de Jesús: es el cristianismo reducido a discurso, a buenos ejemplos. A izquierda y a derecha la tentación pelagiana está de plena actualidad, ya sea para reducir al cristianismo a programa de transformación político-social o a esfuerzo de perfección moral individual. También en esto la sintonía entre ambos pontífices es completa: Benedicto XVI, como buen agustiniano era hipersensible a esta tentación que Francisco ha señalado desde el primer día como una de sus preocupaciones máximas.
Me permito añadir otro núcleo de gran sintonía, el que se refiere a la necesidad de abrir nuevos caminos, de no conformarnos con lo que ya tenemos, de aprender una nueva forma de estar presentes para comunicar la vida de Jesucristo en un mundo que cambia. Pobreza y libertad evangélicas, prioridad de la gracia y la sorpresa de una nueva misión. Tres nudos fuertes para tejer la continuidad profunda que algunos tratan de disolver. Quizás la próxima, ya cercana, encíclica sobre la fe, nos ayude a documentar esto de una manera clamorosa.
http://www.paginasdigital.es/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=3906&te=15&idage=7454&vap=0
La heredad de Benedicto y la misión de Francisco
José Luis Restán
Sabemos que es normal que cualquier Papa busque ayudas y aportaciones para trenzar el texto de una encíclica que sólo puede llevar una firma, pero aquí se trata de mucho más. Francisco asume explícitamente el trabajo de su predecesor: aquí la continuidad no necesita ser teorizada, resulta sencillamente un hecho bien elocuente.
La noticia, comunicada de viva voz y sin papeles por el propio Papa, de que pronto verá la luz una nueva encíclica dedicada a la fe, fruto del trabajo iniciado por Benedicto XVI que Francisco llevará a término, es muy significativa. “Es un documento fuerte”, ha comentado Francisco al referirse al texto que le entregó personalmente Benedicto XVI, para añadir algo más que un guiño: “dicen que estará escrita a cuatro manos”. Sabemos que es normal que cualquier Papa busque ayudas y aportaciones para trenzar el texto de una encíclica que sólo puede llevar una firma, pero aquí se trata de mucho más. Francisco asume explícitamente el trabajo de su predecesor: aquí la continuidad no necesita ser teorizada, resulta sencillamente un hecho bien elocuente.
Y no es un hecho baladí, cuando asistimos todos los días a las reconstrucciones y a los juegos de espejos que pretenden crear dos imágenes contrapuestas, con la perniciosa conclusión (falsa pero efectiva en cierto imaginario social) de una especie de ruptura, de una suerte de nueva estación que dejaría atrás el legado de más de treinta años de conducción de la Iglesia. Es interesante anotar aquí el comentario realizado por Joseph Ratzinger y desvelado por su amigo, el siquiatra y teólogo Manfred Lütz que le ha visitado en su retiro del convento Mater Ecclesiae: “Desde el punto de vista teológico (Francisco y yo) estamos perfectamente de acuerdo”. Pero que nadie atribuya el comentario a la mera cortesía. Precisamente Lütz acaba de escribir junto al cardenal Josef Cordes (otro viejo amigo de confianza de Ratzinger) un libro titulado “La heredad de Benedicto y la misión de Francisco”, cuyo eje es la idea de “desmundanizar la Iglesia”. Esta idea, tan explícita y reiteradamente abordada por Francisco en la predicación de su primer trimestre de pontificado, estaba ya muy presente en el magisterio del Papa Benedicto.
Cordes y Lütz ponen el foco sobre el discurso que Benedicto XVI dirigió en Friburgo a los católicos comprometidos en la Iglesia y la sociedad, en septiembre de 2011. Con tonos ciertamente severos (que sin embargo cosecharon poco eco mediático), el Papa Ratzinger denunció la tendencia “de una Iglesia satisfecha de sí misma, que se acomoda se vuelve autosuficiente y se adapta a los criterios del mundo... dando así mayor importancia a la organización y a la institucionalización que a la llamada a estar abierta a Dios y a abrir el mundo hacia el prójimo”. No sólo eso, Benedicto XVI añadió un juicio histórico que de haber sido debidamente escuchado habría dejado boquiabierto a más de uno: “las secularizaciones, ya consistan en expropiaciones de bienes de la Iglesia o en supresión de privilegios o cosas similares, han significado siempre una profunda liberación de la Iglesia de formas mundanas: se despoja, por decirlo así, de su riqueza terrena y vuelve a abrazar plenamente su pobreza… Liberada de fardos y privilegios materiales y políticos, la Iglesia puede dedicarse mejor y de manera verdaderamente cristiana al mundo entero; puede verdaderamente estar abierta al mundo. Puede vivir nuevamente con más soltura su llamada al ministerio de la adoración de Dios y al servicio del prójimo”. Será difícil encontrar mayor sintonía que la que aquí se advierte respecto del reclamo de Francisco de una Iglesia pobre, libre de seguridades mundanas, y volcada hacia las periferias del mundo.
Pero la continuidad de fondo no se concentra sólo en este punto. Hace bien poco Francisco ha hecho notar de nuevo su preocupación por una especie de pelagianismo redivivo en la Iglesia. Se trata de la doctrina de Pelagio, duramente criticada por San Agustín y condenada por el Concilio de Éfeso, que despreciaba la necesidad de la gracia para obrar el bien y obtener la salvación. En el fondo, el hombre se bastaría a sí mismo, y tan sólo necesitaría el buen ejemplo de Jesús: es el cristianismo reducido a discurso, a buenos ejemplos. A izquierda y a derecha la tentación pelagiana está de plena actualidad, ya sea para reducir al cristianismo a programa de transformación político-social o a esfuerzo de perfección moral individual. También en esto la sintonía entre ambos pontífices es completa: Benedicto XVI, como buen agustiniano era hipersensible a esta tentación que Francisco ha señalado desde el primer día como una de sus preocupaciones máximas.
Me permito añadir otro núcleo de gran sintonía, el que se refiere a la necesidad de abrir nuevos caminos, de no conformarnos con lo que ya tenemos, de aprender una nueva forma de estar presentes para comunicar la vida de Jesucristo en un mundo que cambia. Pobreza y libertad evangélicas, prioridad de la gracia y la sorpresa de una nueva misión. Tres nudos fuertes para tejer la continuidad profunda que algunos tratan de disolver. Quizás la próxima, ya cercana, encíclica sobre la fe, nos ayude a documentar esto de una manera clamorosa.
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martedì 11 giugno 2013
Benedetto XVI e la libertà religiosa nel Vaticano II (Restán)
Riceviamo e con grande piacere e gratitudine pubblichiamo:
Benedicto XVI y la libertad religiosa en el Vaticano II
José Luis Restán
Con ambas sorprendentes visitas el nuevo Papa enviaba un mensaje sobre su deseo de sanar las discordias que han lacerado el cuerpo de la Iglesia tras la difícil digestión de los textos conciliares. A unos y otros quería decirles que la única clave justa para interpretar el Concilio es la "hermenéutica de la reforma", es decir, la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia… un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del pueblo de Dios en camino. El tema de la doctrina sobre la libertad religiosa es ciertamente una de esas encrucijadas que ilustran el complejo engarce de renovación y continuidad.
Como explica en este discurso Benedicto XVI, el Concilio pretendió definir de modo nuevo la relación entre la Iglesia y la modernidad a través de tres círculos de preguntas: la relación entre la fe y las ciencias, entre la Iglesia y el Estado moderno, y entre el cristianismo y las religiones del mundo. Las dos últimas hacen referencia al problema de la libertad religiosa, constituida ya entonces como uno de los pilares del Estado democrático.
Recordemos el núcleo de este pasaje dentro de aquel memorable discurso: “El concilio Vaticano II, reconociendo y haciendo suyo, con el decreto sobre la libertad religiosa, un principio esencial del Estado moderno, recogió de nuevo el patrimonio más profundo de la Iglesia. Esta puede ser consciente de que con ello se encuentra en plena sintonía con la enseñanza de Jesús mismo (cf. Mt 22, 21), así como con la Iglesia de los mártires, con los mártires de todos los tiempos. La Iglesia antigua, con naturalidad, oraba por los emperadores y por los responsables políticos, considerando esto como un deber suyo (cf. 1 Tm 2, 2); pero, en cambio, a la vez que oraba por los emperadores, se negaba a adorarlos, y así rechazaba claramente la religión del Estado. Los mártires de la Iglesia primitiva murieron por su fe en el Dios que se había revelado en Jesucristo, y precisamente así murieron también por la libertad de conciencia y por la libertad de profesar la propia fe, una profesión que ningún Estado puede imponer, sino que sólo puede hacerse propia con la gracia de Dios, en libertad de conciencia. (Discurso a la Curia Romana, 22-12-2005)
En un artículo publicado en L’Osservatore Romano con motivo del 50 aniversario del Concilio Vaticano II, Benedicto XVI amplía la explicación ofrecida en discurso a la Curia de diciembre de 2005 y sostiene que “la doctrina sobre la tolerancia, tal como había sido elaborada en sus detalles por Pío XII, no resultaba suficiente ante la evolución del pensamiento filosófico y la autocomprensión del Estado moderno”. Esta insuficiencia que detecta el Papa Ratzinger tiene que ver con la inercia de un contexto de incomprensión mutua entre la Iglesia y cierto espíritu de la edad moderna, empeñado en la marginación de Dios y de la Tradición cristiana. A este espíritu violentamente anticristiano respondió el Papa Pío IX con una condena áspera y radical. Así se compone un escenario de mutuo rechazo que hacía imposible cualquier entendimiento. Y aunque se había producido un acercamiento progresivo, especialmente tras la II Guerra Mundial, Benedicto XVI considera que las respuestas no eran satisfactorias.
El Estado democrático, que tras la cruel contienda había tornado a mirar con mayor simpatía la doctrina filosófica y jurídica vinculada a la tradición eclesial, postulaba sin reservas la libertad de elegir y practicar la religión, y la libertad de cambiarla, como pertenecientes al conjunto de las libertades fundamentales del hombre. ¿Había en esto alguna contradicción o escollo insalvable en la Tradición de la Iglesia? El Concilio responderá que no, provocando un duro rechazo (quizás el más rocoso y profundo) entre quienes lo impugnan en nombre de esa misma Tradición, acusando al Vaticano II de ruptura.
En este punto Benedicto XVI se muestra claramente a favor de la formulación conciliar, pero consciente de las dificultades de su recepción por parte de los sectores tradicionalistas ha querido exponer cuidadosa y articuladamente sus razones. Y así, en el artículo antes mencionado sostiene que “esa concepción no podía ser ajena a la fe cristiana, que había entrado en el mundo con la pretensión de que el Estado no pudiera decidir sobre la verdad y no pudiera exigir ningún tipo de culto”. Observemos que para ilustrar la continuidad con la Tradición el papa se sitúa en los orígenes de la época apostólica. “los cristianos rezaban por el emperador, pero no lo veneraban… desde este punto de vista, se puede afirmar que el cristianismo trajo al mundo con su nacimiento el principio de la libertad de religión”. No sólo eso, según la audaz formulación pronunciada ante la Curia, “los mártires de la Iglesia primitiva murieron por su fe en el Dios que se había revelado en Jesucristo, y precisamente así murieron también por la libertad de conciencia y por la libertad de profesar la propia fe, una profesión que ningún Estado puede imponer, sino que sólo puede hacerse propia con la gracia de Dios, en libertad de conciencia”.
Esta argumentación es esencial para desentrañar el nudo gordiano que plantean quienes consideran que el decreto conciliar sobre la libertad religiosa del Vaticano II rompe con la Tradición católica. El Papa, garante por su ministerio de esa misma Tradición, señala una continuidad de fondo difícilmente rebatible con argumentos históricos y teológicos. Es cierto que la comprensión de la libertad religiosa, de su contenido, amplitud y consecuencias históricas, ha experimentado una evolución al compás de los tiempos en el magisterio pontificio. En ese sentido la mención a Pío IX introducida en el discurso a la Curia es significativa. En la dinámica de la renovación en la continuidad, propia del carácter histórico y de presente que siempre tiene la vida eclesial, existen decisiones de fondo siempre válidas, mientras que las formas de su aplicación a contextos nuevos pueden cambiar. Esto se refleja muy bien en la evolución de la comprensión eclesial de la libertad religiosa.
Lo que algunos canonizan como posición inequívoca de la Tradición al respecto, responde en el fondo a la necesidad de conjurar el peligro de identificar la libertad de religión como expresión de la incapacidad del hombre de encontrar la verdad. Sin embargo, explicó Benedicto XVI, “es totalmente diferente considerar la libertad de religión como una necesidad que deriva de la convivencia humana, más aún, como una consecuencia intrínseca de la verdad que no se puede imponer desde fuera, sino que el hombre la debe hacer suya sólo mediante un proceso de convicción”.
Joseph Ratzinger, que vivió durante su juventud en carne propia la pretensión totalitaria del nazismo, considera que para desenredar este asunto objeto de inacabables polémicas, fue providencial la elección de Juan pablo II, un papa llegado de un país en el que la libertad de religión era rechazada a causa del marxismo, que es en el fondo una forma particular de filosofía estatal moderna. La sugestiva indicación de Benedicto XVI es que Juan Pablo II, al proceder de una situación análoga a la de la Iglesia antigua, permitía hacer visible nuevamente la íntima conexión entre la fe cristiana y la libertad de religión y de culto. De pronto sucedió algo que parecía inédito a la opinión común, especialmente la reflejada por los medios de comunicación: la Iglesia, a través de un Papa llegado del Este, era reconocida como abanderada de las libertades (y esencialmente de la libertad religiosa) haciendo añicos las imágenes que indefectiblemente la situaban en el polo de la polémica anti-liberal. No es que la Iglesia hubiese cambiado su doctrina, que continuaba siendo igualmente crítica con una concepción de la libertad como ausencia de vínculos o como incapacidad de conocer la verdad, sino que de pronto se hizo visible un aspecto que las anteriores circunstancias históricas habían contribuido a oscurecer.
Por otra parte no puede negarse que al definir una nueva relación entre la fe de la Iglesia y algunos elementos esenciales del pensamiento moderno, el Concilio Vaticano II revisó o incluso corrigió algunas decisiones históricas de la autoridad eclesial precedente. Pero según Benedicto XVI, en esta aparente discontinuidad la Iglesia mantuvo y profundizó su íntima naturaleza y su verdadera identidad.
La decisión, precisión y esmero con que el Papa Ratzinger sostiene esta posición nos habla de la importancia que tiene precisamente para la nueva evangelización. En el pensamiento del Papa está muy presente la conciencia de que nos adentramos en una etapa histórica (al menos en Occidente) en que no será la Iglesia quien plasme la cultura común, expresada en la costumbre y en las leyes. Más bien la comunidad eclesial se constituye ya en muchos lugares como una “minoría creativa”, aunque el horizonte de su vocación debe ser siempre la totalidad del mundo, y por eso debe mantener la vigilancia para no convertirse en una ciudadela amurallada. Es una situación que el Papa conecta (salvando todas las distancias) con los primeros siglos de la era cristiana. La defensa de la libertad religiosa para todos (evidentemente también para los católicos) es un elemento sustancial de una auténtica democracia, de una verdadera convivencia civil, pero es también una salvaguarda necesaria para la vida y misión de los cristianos y de sus comunidades, cuya vocación es fundamentalmente el testimonio a campo abierto.
La Iglesia no espera del Estado democrático (como los primeros cristianos no lo esperaban del César) ni privilegios ni sustituciones en lo que es su misión. Reconoce y respeta a las legítimas autoridades, incluso reza por ellas, aunque su juicio histórico sobre su forma de ejercer el poder pueda ser en muchos casos negativo. Pero les reclama la libertad y la seguridad que corresponden a cualquier realidad social. Reivindica su derecho a tener su propia voz, a contribuir al bien común y a oponerse cuando lo crea necesario, porque el Estado nunca puede ser objeto de veneración, ni es la fuente de la justicia y el derecho. Curiosamente la defensa de la libertad religiosa que encarna hoy la Iglesia constituye un servicio precioso a favor de una sana laicidad, y en sentido inverso, es un dique frente a la pulsión totalitaria que según Tocqueville siempre amenaza al poder político, aunque se base en el consenso democrático.
Para los católicos de esta era la indicación de Benedicto XVI en el texto que comentamos es de vital importancia porque nos recuerda que no podemos poner la confianza en las realizaciones políticas, aunque nunca nos resultarán indiferentes. No serán las leyes ni las decisiones políticas las que cambien la mentalidad y el corazón de los hombres. Es legítimo aspirar como católicos a conformar esas leyes en la dirección más justa que sea posible, y a plasmar políticas que sirvan a la dignidad del hombre del modo más adecuado. Sabemos que en muchas ocasiones esto será imposible, pero incluso cuando se alcance en alguna medida, esa no puede ser la roca sobre la que asentar nuestra esperanza. Sólo el encuentro con Jesucristo presente en su Iglesia puede ofrecer el sentido y la esperanza de la vida; sólo la fe (que es fruto de la gracia y de la libertad) genera un sujeto que obra según la caridad y se compromete por la justicia. Del Estado cabe esperar un espacio que favorezca la libertad y albergue cordialmente ese testimonio.
Concluyo con las palabras que Benedicto XVI dirigió a la multitud de fieles congregados en Hyde Park durante la Vigilia por la beatificación de John Henry Newman: “No podemos guardar para nosotros mismos la verdad que nos hace libres; hay que dar testimonio de ella... No lejos de aquí, en Tyburn, un gran número de hermanos y hermanas nuestros murieron por la fe... En nuestro tiempo, el precio que hay que pagar por la fidelidad al Evangelio ya no es ser ahorcado, descoyuntado y descuartizado, pero a menudo implica ser excluido, ridiculizado o parodiado. Y sin embargo, la Iglesia no puede sustraerse a la misión de anunciar a Cristo y su Evangelio como verdad salvadora, fuente de nuestra felicidad definitiva como individuos y fundamento de una sociedad justa y humana”.
http://www.paginasdigital.es/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=3882&te=15&idage=7395&vap=0&npag=1
Benedicto XVI y la libertad religiosa en el Vaticano II
José Luis Restán
Con ambas sorprendentes visitas el nuevo Papa enviaba un mensaje sobre su deseo de sanar las discordias que han lacerado el cuerpo de la Iglesia tras la difícil digestión de los textos conciliares. A unos y otros quería decirles que la única clave justa para interpretar el Concilio es la "hermenéutica de la reforma", es decir, la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia… un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del pueblo de Dios en camino. El tema de la doctrina sobre la libertad religiosa es ciertamente una de esas encrucijadas que ilustran el complejo engarce de renovación y continuidad.
Como explica en este discurso Benedicto XVI, el Concilio pretendió definir de modo nuevo la relación entre la Iglesia y la modernidad a través de tres círculos de preguntas: la relación entre la fe y las ciencias, entre la Iglesia y el Estado moderno, y entre el cristianismo y las religiones del mundo. Las dos últimas hacen referencia al problema de la libertad religiosa, constituida ya entonces como uno de los pilares del Estado democrático.
Recordemos el núcleo de este pasaje dentro de aquel memorable discurso: “El concilio Vaticano II, reconociendo y haciendo suyo, con el decreto sobre la libertad religiosa, un principio esencial del Estado moderno, recogió de nuevo el patrimonio más profundo de la Iglesia. Esta puede ser consciente de que con ello se encuentra en plena sintonía con la enseñanza de Jesús mismo (cf. Mt 22, 21), así como con la Iglesia de los mártires, con los mártires de todos los tiempos. La Iglesia antigua, con naturalidad, oraba por los emperadores y por los responsables políticos, considerando esto como un deber suyo (cf. 1 Tm 2, 2); pero, en cambio, a la vez que oraba por los emperadores, se negaba a adorarlos, y así rechazaba claramente la religión del Estado. Los mártires de la Iglesia primitiva murieron por su fe en el Dios que se había revelado en Jesucristo, y precisamente así murieron también por la libertad de conciencia y por la libertad de profesar la propia fe, una profesión que ningún Estado puede imponer, sino que sólo puede hacerse propia con la gracia de Dios, en libertad de conciencia. (Discurso a la Curia Romana, 22-12-2005)
En un artículo publicado en L’Osservatore Romano con motivo del 50 aniversario del Concilio Vaticano II, Benedicto XVI amplía la explicación ofrecida en discurso a la Curia de diciembre de 2005 y sostiene que “la doctrina sobre la tolerancia, tal como había sido elaborada en sus detalles por Pío XII, no resultaba suficiente ante la evolución del pensamiento filosófico y la autocomprensión del Estado moderno”. Esta insuficiencia que detecta el Papa Ratzinger tiene que ver con la inercia de un contexto de incomprensión mutua entre la Iglesia y cierto espíritu de la edad moderna, empeñado en la marginación de Dios y de la Tradición cristiana. A este espíritu violentamente anticristiano respondió el Papa Pío IX con una condena áspera y radical. Así se compone un escenario de mutuo rechazo que hacía imposible cualquier entendimiento. Y aunque se había producido un acercamiento progresivo, especialmente tras la II Guerra Mundial, Benedicto XVI considera que las respuestas no eran satisfactorias.
El Estado democrático, que tras la cruel contienda había tornado a mirar con mayor simpatía la doctrina filosófica y jurídica vinculada a la tradición eclesial, postulaba sin reservas la libertad de elegir y practicar la religión, y la libertad de cambiarla, como pertenecientes al conjunto de las libertades fundamentales del hombre. ¿Había en esto alguna contradicción o escollo insalvable en la Tradición de la Iglesia? El Concilio responderá que no, provocando un duro rechazo (quizás el más rocoso y profundo) entre quienes lo impugnan en nombre de esa misma Tradición, acusando al Vaticano II de ruptura.
En este punto Benedicto XVI se muestra claramente a favor de la formulación conciliar, pero consciente de las dificultades de su recepción por parte de los sectores tradicionalistas ha querido exponer cuidadosa y articuladamente sus razones. Y así, en el artículo antes mencionado sostiene que “esa concepción no podía ser ajena a la fe cristiana, que había entrado en el mundo con la pretensión de que el Estado no pudiera decidir sobre la verdad y no pudiera exigir ningún tipo de culto”. Observemos que para ilustrar la continuidad con la Tradición el papa se sitúa en los orígenes de la época apostólica. “los cristianos rezaban por el emperador, pero no lo veneraban… desde este punto de vista, se puede afirmar que el cristianismo trajo al mundo con su nacimiento el principio de la libertad de religión”. No sólo eso, según la audaz formulación pronunciada ante la Curia, “los mártires de la Iglesia primitiva murieron por su fe en el Dios que se había revelado en Jesucristo, y precisamente así murieron también por la libertad de conciencia y por la libertad de profesar la propia fe, una profesión que ningún Estado puede imponer, sino que sólo puede hacerse propia con la gracia de Dios, en libertad de conciencia”.
Esta argumentación es esencial para desentrañar el nudo gordiano que plantean quienes consideran que el decreto conciliar sobre la libertad religiosa del Vaticano II rompe con la Tradición católica. El Papa, garante por su ministerio de esa misma Tradición, señala una continuidad de fondo difícilmente rebatible con argumentos históricos y teológicos. Es cierto que la comprensión de la libertad religiosa, de su contenido, amplitud y consecuencias históricas, ha experimentado una evolución al compás de los tiempos en el magisterio pontificio. En ese sentido la mención a Pío IX introducida en el discurso a la Curia es significativa. En la dinámica de la renovación en la continuidad, propia del carácter histórico y de presente que siempre tiene la vida eclesial, existen decisiones de fondo siempre válidas, mientras que las formas de su aplicación a contextos nuevos pueden cambiar. Esto se refleja muy bien en la evolución de la comprensión eclesial de la libertad religiosa.
Lo que algunos canonizan como posición inequívoca de la Tradición al respecto, responde en el fondo a la necesidad de conjurar el peligro de identificar la libertad de religión como expresión de la incapacidad del hombre de encontrar la verdad. Sin embargo, explicó Benedicto XVI, “es totalmente diferente considerar la libertad de religión como una necesidad que deriva de la convivencia humana, más aún, como una consecuencia intrínseca de la verdad que no se puede imponer desde fuera, sino que el hombre la debe hacer suya sólo mediante un proceso de convicción”.
Joseph Ratzinger, que vivió durante su juventud en carne propia la pretensión totalitaria del nazismo, considera que para desenredar este asunto objeto de inacabables polémicas, fue providencial la elección de Juan pablo II, un papa llegado de un país en el que la libertad de religión era rechazada a causa del marxismo, que es en el fondo una forma particular de filosofía estatal moderna. La sugestiva indicación de Benedicto XVI es que Juan Pablo II, al proceder de una situación análoga a la de la Iglesia antigua, permitía hacer visible nuevamente la íntima conexión entre la fe cristiana y la libertad de religión y de culto. De pronto sucedió algo que parecía inédito a la opinión común, especialmente la reflejada por los medios de comunicación: la Iglesia, a través de un Papa llegado del Este, era reconocida como abanderada de las libertades (y esencialmente de la libertad religiosa) haciendo añicos las imágenes que indefectiblemente la situaban en el polo de la polémica anti-liberal. No es que la Iglesia hubiese cambiado su doctrina, que continuaba siendo igualmente crítica con una concepción de la libertad como ausencia de vínculos o como incapacidad de conocer la verdad, sino que de pronto se hizo visible un aspecto que las anteriores circunstancias históricas habían contribuido a oscurecer.
Por otra parte no puede negarse que al definir una nueva relación entre la fe de la Iglesia y algunos elementos esenciales del pensamiento moderno, el Concilio Vaticano II revisó o incluso corrigió algunas decisiones históricas de la autoridad eclesial precedente. Pero según Benedicto XVI, en esta aparente discontinuidad la Iglesia mantuvo y profundizó su íntima naturaleza y su verdadera identidad.
La decisión, precisión y esmero con que el Papa Ratzinger sostiene esta posición nos habla de la importancia que tiene precisamente para la nueva evangelización. En el pensamiento del Papa está muy presente la conciencia de que nos adentramos en una etapa histórica (al menos en Occidente) en que no será la Iglesia quien plasme la cultura común, expresada en la costumbre y en las leyes. Más bien la comunidad eclesial se constituye ya en muchos lugares como una “minoría creativa”, aunque el horizonte de su vocación debe ser siempre la totalidad del mundo, y por eso debe mantener la vigilancia para no convertirse en una ciudadela amurallada. Es una situación que el Papa conecta (salvando todas las distancias) con los primeros siglos de la era cristiana. La defensa de la libertad religiosa para todos (evidentemente también para los católicos) es un elemento sustancial de una auténtica democracia, de una verdadera convivencia civil, pero es también una salvaguarda necesaria para la vida y misión de los cristianos y de sus comunidades, cuya vocación es fundamentalmente el testimonio a campo abierto.
La Iglesia no espera del Estado democrático (como los primeros cristianos no lo esperaban del César) ni privilegios ni sustituciones en lo que es su misión. Reconoce y respeta a las legítimas autoridades, incluso reza por ellas, aunque su juicio histórico sobre su forma de ejercer el poder pueda ser en muchos casos negativo. Pero les reclama la libertad y la seguridad que corresponden a cualquier realidad social. Reivindica su derecho a tener su propia voz, a contribuir al bien común y a oponerse cuando lo crea necesario, porque el Estado nunca puede ser objeto de veneración, ni es la fuente de la justicia y el derecho. Curiosamente la defensa de la libertad religiosa que encarna hoy la Iglesia constituye un servicio precioso a favor de una sana laicidad, y en sentido inverso, es un dique frente a la pulsión totalitaria que según Tocqueville siempre amenaza al poder político, aunque se base en el consenso democrático.
Para los católicos de esta era la indicación de Benedicto XVI en el texto que comentamos es de vital importancia porque nos recuerda que no podemos poner la confianza en las realizaciones políticas, aunque nunca nos resultarán indiferentes. No serán las leyes ni las decisiones políticas las que cambien la mentalidad y el corazón de los hombres. Es legítimo aspirar como católicos a conformar esas leyes en la dirección más justa que sea posible, y a plasmar políticas que sirvan a la dignidad del hombre del modo más adecuado. Sabemos que en muchas ocasiones esto será imposible, pero incluso cuando se alcance en alguna medida, esa no puede ser la roca sobre la que asentar nuestra esperanza. Sólo el encuentro con Jesucristo presente en su Iglesia puede ofrecer el sentido y la esperanza de la vida; sólo la fe (que es fruto de la gracia y de la libertad) genera un sujeto que obra según la caridad y se compromete por la justicia. Del Estado cabe esperar un espacio que favorezca la libertad y albergue cordialmente ese testimonio.
Concluyo con las palabras que Benedicto XVI dirigió a la multitud de fieles congregados en Hyde Park durante la Vigilia por la beatificación de John Henry Newman: “No podemos guardar para nosotros mismos la verdad que nos hace libres; hay que dar testimonio de ella... No lejos de aquí, en Tyburn, un gran número de hermanos y hermanas nuestros murieron por la fe... En nuestro tiempo, el precio que hay que pagar por la fidelidad al Evangelio ya no es ser ahorcado, descoyuntado y descuartizado, pero a menudo implica ser excluido, ridiculizado o parodiado. Y sin embargo, la Iglesia no puede sustraerse a la misión de anunciar a Cristo y su Evangelio como verdad salvadora, fuente de nuestra felicidad definitiva como individuos y fundamento de una sociedad justa y humana”.
http://www.paginasdigital.es/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=3882&te=15&idage=7395&vap=0&npag=1
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giovedì 6 giugno 2013
Cinquant'anni di sorprese (Restán)
Cincuenta años de sorpresas
José Luis Restán
El 3 de junio se han cumplido cincuenta años de la muerte del beato Juan XXIII. El papa Francisco ha hecho memoria de la figura de Ángelo Roncalli subrayando la nota de la obediencia. Fue un hombre de gobierno, un conductor, pero un conductor que se dejó conducir por el Espíritu. Fue la obediencia evangélica, no tanto un programa genial ideado por sí mismo, la fuente de un pontificado que marcó la segunda mitad del siglo XX. Según Francisco esta obediencia es el legado más eficaz que nos ha dejado el papa Juan, porque canta con elocuencia que es Dios quien gobierna su Iglesia.
Y es curioso cómo prepara y forja el Señor la vida de los que elige para guiar su barca. Durante años la trayectoria de Roncalli parecía alejarse más y más del centro romano, en oscuras misiones diplomáticas que podían haberse resuelto con la mera astucia y el cálculo, quizás con una pizca de resentimiento. Pero en Bulgaria, Grecia y Turquía Ángelo Roncalli hizo mucho más que despachar relaciones diplomáticas. Conoció al pueblo cristiano, mucha veces en minoría; comprendió los dramas de la gente sencilla en un momento de terrible convulsión; presenció el azote del totalitarismo, la herida de la división entre los cristianos y la tragedia del pueblo hebreo. Y volvió distinto. ¿Quién podía pensar que Alguien le preparaba para algo aparentemente tan diverso.
Seguramente fue esa obediencia evangélica la que le dispuso a emprender lo que para muchos era tan solo una aventura incierta. Juan XXIII conocía bien las entretelas de la Iglesia de su tiempo, aún bastante robusta en su presencia e instituciones; pero intuía que la Iglesia no avanzaba, que parecía más una realidad del pasado que la portadora del futuro. Como diría cincuenta años después Benedicto XVI, "para muchos la fe ya no se alimentaba en el encuentro gozoso con Cristo sino que se había convertido en una mera cuestión de hábito". Y así lo precisó Juan XXIII en la histórica homilía de apertura del Concilio Vaticano II: "El supremo interés del Concilio Ecuménico es que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado de forma cada vez más eficaz... Es preciso que esta doctrina verdadera e inmutable, que ha de ser fielmente respetada, se profundice y presente según las exigencias de nuestro tiempo". De nuevo Benedicto XVI, testigo juvenil de aquella conciencia cargada de emoción, nos comunica "la tensión de hacer resplandecer la verdad y la belleza de la fe en nuestro tiempo, sin sacrificarla a las exigencias del presente ni encadenarla al pasado".
Al beato Juan XXIII se le pidió un último sacrificio, partir sin haber culminado la travesía del Concilio. Entonces apareció en escena el Papa Montini. Un hombre de delicadeza extraordinaria, de gran finura intelectual, conocedor de los movimientos profundos de una cultura que rompía su vínculo con la tradición cristiana. En medio de la tremenda tormenta postconciliar podemos imaginarlo como a esos capitanes que piden ser atados al timón de su barco para mantener el rumbo frente a un oleaje brutal. Las lágrimas de Montini son algo más que leyenda: a diferencia de Pedro que lloraba por su traición, él lloró por el sufrimiento que comportaba mantenerse fiel. Y si Juan XXIII llenó de alegre sorpresa al mundo con sus gestos e intuiciones que cambiaron la historia, Pablo VI sorprendió a propios y extraños con una libertad y un coraje que parecían contradictorios con su fragilidad física y delicadeza de carácter. Y así pudo preparar a la Iglesia para hablar al hombre contemporáneo, que tiene de Jesús una necesidad absoluta.
Por aquellos años ya cuajaba la experiencia singular de un joven obispo polaco, la más inesperada de las sorpresas, y ya van unas cuantas. Tras el resplandor de la sonrisa de Juan Pablo I, una suerte de brisa de esperanza, sucede lo nunca visto. Karol Wojtyla, un obispo de 58 años forjado en la resistencia frente al nazismo y al comunismo, un pastor del otro lado del Telón de Acero que vive de manera natural la sintonía entre Iglesia y libertad, es llamado a la Sede de Pedro. La historia sólo la comprendemos desde su final; ahora podemos ver la fecundidad de aquella quizás mal denominada "Iglesia del silencio", el fruto de los mártires. Porque de aquella libertad, de aquella razón y de aquel sufrimiento nació Juan Pablo II. Y cuando los diferentes bloqueos históricos parecían ya postrar al cuerpo de la Iglesia en los márgenes de la historia él la condujo de nuevo al centro de las plazas, restituyéndole la función de comunicar la esperanza que le había sido expropiada por las ideologías.
Veintiséis años después, parecía imposible que alguien pudiese recoger el testigo de Wojtyla el magno, durante cuyo pontificado se pudieron calibrar ya los primeros frutos maduros del Concilio: el nuevo protagonismo de los laicos, la actualización de la Doctrina Social, los nuevos carismas, la interlocución con la cultura, el diálogo con los jóvenes... Una Iglesia que se había reconciliado con lo mejor de la razón moderna y con su ansia de auténtica libertad. Entonces los cardenales eligieron a Joseph Ratzinger, el humilde trabajador en los territorios más ásperos de la viña. Y no lo hicieron para que mantuviese el depósito bajo siete llaves sino conscientes de que era quien mejor podía encarnar el desafío del diálogo con el mundo postmoderno. A pesar de su avanzada edad y de los clichés que le endosaron, Benedicto XVI sorprendió a todos por su magisterio y su estilo comparable al de los grandes Padres de los primeros siglos, por su voluntad de purificar la Iglesia, por su simpatía con la búsqueda leal de todos los hombres y mujeres de esta época, y por su pureza evangélica, expresada de modo impresionante en los gestos y palabras de sus últimas semanas, cuando nos recordaba que la barca de la Iglesia no es de ninguno de nosotros, es del Señor, y Él no permite que se hunda... aunque a veces nos parezca que duerme mientras el mar se agita.
Han pasado cincuenta años desde que empezaba esta historia, y ahora la sorpresa ha llegado desde casi el fin del mundo. También es hermoso escrutar cómo el Señor fue madurando la experiencia de Jorge Bergoglio en el crisol del dolor y del amor, los misteriosos meandros (que ahora se iluminan) de su trayectoria religiosa y episcopal, su cercanía, piel con piel, a los pobres, a los sedientos de vida y de felicidad. El papa Juan viviendo la obediencia lanzó a la Iglesia a una singladura apasionante pero llena de peligros. Francisco ya ha dicho que prefiere una Iglesia accidentada por salir al encuentro del hombre, que bien pulida y resguardada pero enferma de espíritu mundano. En el ancho mar de la historia esta barca sigue adelante, guiada por hombres que Él prepara, elige y llama. Y que Dios nos guarde de la desmemoria y la ingratitud.
http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=29569
José Luis Restán
El 3 de junio se han cumplido cincuenta años de la muerte del beato Juan XXIII. El papa Francisco ha hecho memoria de la figura de Ángelo Roncalli subrayando la nota de la obediencia. Fue un hombre de gobierno, un conductor, pero un conductor que se dejó conducir por el Espíritu. Fue la obediencia evangélica, no tanto un programa genial ideado por sí mismo, la fuente de un pontificado que marcó la segunda mitad del siglo XX. Según Francisco esta obediencia es el legado más eficaz que nos ha dejado el papa Juan, porque canta con elocuencia que es Dios quien gobierna su Iglesia.
Y es curioso cómo prepara y forja el Señor la vida de los que elige para guiar su barca. Durante años la trayectoria de Roncalli parecía alejarse más y más del centro romano, en oscuras misiones diplomáticas que podían haberse resuelto con la mera astucia y el cálculo, quizás con una pizca de resentimiento. Pero en Bulgaria, Grecia y Turquía Ángelo Roncalli hizo mucho más que despachar relaciones diplomáticas. Conoció al pueblo cristiano, mucha veces en minoría; comprendió los dramas de la gente sencilla en un momento de terrible convulsión; presenció el azote del totalitarismo, la herida de la división entre los cristianos y la tragedia del pueblo hebreo. Y volvió distinto. ¿Quién podía pensar que Alguien le preparaba para algo aparentemente tan diverso.
Seguramente fue esa obediencia evangélica la que le dispuso a emprender lo que para muchos era tan solo una aventura incierta. Juan XXIII conocía bien las entretelas de la Iglesia de su tiempo, aún bastante robusta en su presencia e instituciones; pero intuía que la Iglesia no avanzaba, que parecía más una realidad del pasado que la portadora del futuro. Como diría cincuenta años después Benedicto XVI, "para muchos la fe ya no se alimentaba en el encuentro gozoso con Cristo sino que se había convertido en una mera cuestión de hábito". Y así lo precisó Juan XXIII en la histórica homilía de apertura del Concilio Vaticano II: "El supremo interés del Concilio Ecuménico es que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado de forma cada vez más eficaz... Es preciso que esta doctrina verdadera e inmutable, que ha de ser fielmente respetada, se profundice y presente según las exigencias de nuestro tiempo". De nuevo Benedicto XVI, testigo juvenil de aquella conciencia cargada de emoción, nos comunica "la tensión de hacer resplandecer la verdad y la belleza de la fe en nuestro tiempo, sin sacrificarla a las exigencias del presente ni encadenarla al pasado".
Al beato Juan XXIII se le pidió un último sacrificio, partir sin haber culminado la travesía del Concilio. Entonces apareció en escena el Papa Montini. Un hombre de delicadeza extraordinaria, de gran finura intelectual, conocedor de los movimientos profundos de una cultura que rompía su vínculo con la tradición cristiana. En medio de la tremenda tormenta postconciliar podemos imaginarlo como a esos capitanes que piden ser atados al timón de su barco para mantener el rumbo frente a un oleaje brutal. Las lágrimas de Montini son algo más que leyenda: a diferencia de Pedro que lloraba por su traición, él lloró por el sufrimiento que comportaba mantenerse fiel. Y si Juan XXIII llenó de alegre sorpresa al mundo con sus gestos e intuiciones que cambiaron la historia, Pablo VI sorprendió a propios y extraños con una libertad y un coraje que parecían contradictorios con su fragilidad física y delicadeza de carácter. Y así pudo preparar a la Iglesia para hablar al hombre contemporáneo, que tiene de Jesús una necesidad absoluta.
Por aquellos años ya cuajaba la experiencia singular de un joven obispo polaco, la más inesperada de las sorpresas, y ya van unas cuantas. Tras el resplandor de la sonrisa de Juan Pablo I, una suerte de brisa de esperanza, sucede lo nunca visto. Karol Wojtyla, un obispo de 58 años forjado en la resistencia frente al nazismo y al comunismo, un pastor del otro lado del Telón de Acero que vive de manera natural la sintonía entre Iglesia y libertad, es llamado a la Sede de Pedro. La historia sólo la comprendemos desde su final; ahora podemos ver la fecundidad de aquella quizás mal denominada "Iglesia del silencio", el fruto de los mártires. Porque de aquella libertad, de aquella razón y de aquel sufrimiento nació Juan Pablo II. Y cuando los diferentes bloqueos históricos parecían ya postrar al cuerpo de la Iglesia en los márgenes de la historia él la condujo de nuevo al centro de las plazas, restituyéndole la función de comunicar la esperanza que le había sido expropiada por las ideologías.
Veintiséis años después, parecía imposible que alguien pudiese recoger el testigo de Wojtyla el magno, durante cuyo pontificado se pudieron calibrar ya los primeros frutos maduros del Concilio: el nuevo protagonismo de los laicos, la actualización de la Doctrina Social, los nuevos carismas, la interlocución con la cultura, el diálogo con los jóvenes... Una Iglesia que se había reconciliado con lo mejor de la razón moderna y con su ansia de auténtica libertad. Entonces los cardenales eligieron a Joseph Ratzinger, el humilde trabajador en los territorios más ásperos de la viña. Y no lo hicieron para que mantuviese el depósito bajo siete llaves sino conscientes de que era quien mejor podía encarnar el desafío del diálogo con el mundo postmoderno. A pesar de su avanzada edad y de los clichés que le endosaron, Benedicto XVI sorprendió a todos por su magisterio y su estilo comparable al de los grandes Padres de los primeros siglos, por su voluntad de purificar la Iglesia, por su simpatía con la búsqueda leal de todos los hombres y mujeres de esta época, y por su pureza evangélica, expresada de modo impresionante en los gestos y palabras de sus últimas semanas, cuando nos recordaba que la barca de la Iglesia no es de ninguno de nosotros, es del Señor, y Él no permite que se hunda... aunque a veces nos parezca que duerme mientras el mar se agita.
Han pasado cincuenta años desde que empezaba esta historia, y ahora la sorpresa ha llegado desde casi el fin del mundo. También es hermoso escrutar cómo el Señor fue madurando la experiencia de Jorge Bergoglio en el crisol del dolor y del amor, los misteriosos meandros (que ahora se iluminan) de su trayectoria religiosa y episcopal, su cercanía, piel con piel, a los pobres, a los sedientos de vida y de felicidad. El papa Juan viviendo la obediencia lanzó a la Iglesia a una singladura apasionante pero llena de peligros. Francisco ya ha dicho que prefiere una Iglesia accidentada por salir al encuentro del hombre, que bien pulida y resguardada pero enferma de espíritu mundano. En el ancho mar de la historia esta barca sigue adelante, guiada por hombres que Él prepara, elige y llama. Y que Dios nos guarde de la desmemoria y la ingratitud.
http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=29569
martedì 28 maggio 2013
La missione secondo Francesco e la grande continuitá di fondo con Benedetto XVI (Restán)
Riceviamo e con grande piacere e gratitudine pubblichiamo:
La ley suprema es la salvación de las almas
José Luis Restán
En una entrevista publicada por la revista 30 Giorni en 2009, el periodista Gianni Valente preguntaba al cardenal Bergoglio si se justifica negar el bautismo a los hijos en el caso en que los padres no viven en una situación matrimonial canónicamente en regla. El entonces arzobispo de Buenos Aires respondía que "eso sería como cerrar las puertas de la Iglesia... además, suele ocurrir que el bautismo de los niños se convierte también para los padres en un nuevo inicio. A menudo se hace una pequeña catequesis antes del bautismo, de más o menos una hora; luego una catequesis mistagógica durante la liturgia. Luego, los sacerdotes y los laicos van a visitar a estas familias, para seguir con ellos la pastoral posbautismal. Y con frecuencia ocurre que los padres, que no estaban casados por la iglesia, piden venir frente al altar para celebrar el sacramento del matrimonio".
La entrevista me ha venido a la memoria al escuchar al Papa Francisco el pasado sábado decir que a veces algunos pretenden crear un octavo sacramento, el de la "aduana pastoral", de manera que nos convertimos en "controladores de la fe en lugar de ser facilitadores de la fe de la gente". Y ya como Papa volvía a un ejemplo bien conocido por él a pie de calle: "Mirad esta chica que ha tenido el coraje de llevar adelante su embarazo y de no abortar: ¿qué encuentra? Una puerta cerrada. Y así sucede a muchas. Este no es un buen celo pastoral. Esto aleja del Señor, no abre las puertas". Por el contrario el Papa urgía a pensar en el santo pueblo de Dios, en el pueblo sencillo que quiere acercarse a Jesús, y en tantos cristianos de buena voluntad que se equivocan y en vez de encontrar la puerta abierta para tocar el amor de Jesús, la encuentran cerrada.
En la entrevista que comencé mencionando Bergoglio respondía con su franqueza habitual a quienes le acusaban de abaratar los sacramentos con esa manga ancha: "No hay ningún tipo de barato. Los párrocos se atienen a las indicaciones de los obispos de la región pastoral de Buenos Aires, que respetan todas las condiciones que aparecen en el Código de Derecho canónico, según el criterio-base expresado en el último canon: la ley suprema es la salvación de las almas". Ahora lo dice para la Iglesia universal. Por supuesto que no se trata de disminuir el valor de una catequesis adecuada, se apresuraba a explicar el entonces cardenal, "pero siempre hay que mirar a nuestra gente tal como es, y ver qué es más necesario. Los sacramentos son para la vida de los hombres y las mujeres tal como son. Gente que puede que no sea de mucho hablar, pero que tienen un sensus fidei que comprende la realidad de los sacramentos con más claridad que muchos especialistas". Esta entrevista, junto a otras realizadas por Valente que retratan la pastoral a pie de calle del cardenal Bergoglio, incluidas las famosas Villas miseria, puede leerse en un pequeño volumen que acaba de publicar la Editorial Marova con el título "Francisco, un Papa del fin del mundo".
Lo verdaderamente interesante es que en estas intervenciones se desvela el perfil misionero de Francisco, que lejos de ser una pose es una forma natural de vivir la fe. Lo ha repetido hasta la saciedad: "Prefiero mil veces una Iglesia accidentada, que haya tenido un accidente, que una Iglesia enferma por encerrarse". Además me llama la atención su profunda sintonía con la conciencia que tantas veces mostró Benedicto XVI sobre la naturaleza de la misión y sobre la necesidad de aprender una nueva forma de estar presentes; sobre la necesidad de no conformarnos con lo que ya tenemos o creemos tener. Profunda continuidad con la forma llena de estima respeto que siempre nos mostró a la hora de encontrar a hombres y mujeres de toda procedencia cultural y pertenencia religiosa.
El Sucesor de Pedro nos está llamando a salir (y eso incomoda, provoca zozobra), a ir al encuentro con todos porque todos tienen algo en común con nosotros: que son imagen de Dios, que su estructura humana, su corazón, busca una satisfacción que sólo puede dar el Infinito. "Ir al encuentro con todos, sin negociar nuestra pertenencia", decía a los miembros de los movimientos y comunidades eclesiales en la Vigilia de Pentecostés.
La misión no consiste en gritar más fuerte y cerrar las filas, consiste en este encuentro con el corazón del otro que busca el sentido de su propia vida, que busca (tantas veces sin saberlo) el Infinito. Y al otro hay que buscarle donde está y como está, para ofrecerle un tesoro del que no somos dueños, al revés, el tesoro de la fe al que pertenecemos, que nos define, y ante el que cada mañana somos retados a decir nuevamente "sí". Y esto es dramático. Naturalmente que al salir podemos resultar accidentados, miremos la historia de la Iglesia, miremos a Jesús ante el Sanedrín. Pero sólo aceptando este riesgo nuestra vida no decae sino que se hace siempre más grande. En esto parece que Francisco no piensa darnos tregua, afortunadamente.
http://www.paginasdigital.es/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=3816&te=15&idage=7267&vap=0
La ley suprema es la salvación de las almas
José Luis Restán
En una entrevista publicada por la revista 30 Giorni en 2009, el periodista Gianni Valente preguntaba al cardenal Bergoglio si se justifica negar el bautismo a los hijos en el caso en que los padres no viven en una situación matrimonial canónicamente en regla. El entonces arzobispo de Buenos Aires respondía que "eso sería como cerrar las puertas de la Iglesia... además, suele ocurrir que el bautismo de los niños se convierte también para los padres en un nuevo inicio. A menudo se hace una pequeña catequesis antes del bautismo, de más o menos una hora; luego una catequesis mistagógica durante la liturgia. Luego, los sacerdotes y los laicos van a visitar a estas familias, para seguir con ellos la pastoral posbautismal. Y con frecuencia ocurre que los padres, que no estaban casados por la iglesia, piden venir frente al altar para celebrar el sacramento del matrimonio".
La entrevista me ha venido a la memoria al escuchar al Papa Francisco el pasado sábado decir que a veces algunos pretenden crear un octavo sacramento, el de la "aduana pastoral", de manera que nos convertimos en "controladores de la fe en lugar de ser facilitadores de la fe de la gente". Y ya como Papa volvía a un ejemplo bien conocido por él a pie de calle: "Mirad esta chica que ha tenido el coraje de llevar adelante su embarazo y de no abortar: ¿qué encuentra? Una puerta cerrada. Y así sucede a muchas. Este no es un buen celo pastoral. Esto aleja del Señor, no abre las puertas". Por el contrario el Papa urgía a pensar en el santo pueblo de Dios, en el pueblo sencillo que quiere acercarse a Jesús, y en tantos cristianos de buena voluntad que se equivocan y en vez de encontrar la puerta abierta para tocar el amor de Jesús, la encuentran cerrada.
En la entrevista que comencé mencionando Bergoglio respondía con su franqueza habitual a quienes le acusaban de abaratar los sacramentos con esa manga ancha: "No hay ningún tipo de barato. Los párrocos se atienen a las indicaciones de los obispos de la región pastoral de Buenos Aires, que respetan todas las condiciones que aparecen en el Código de Derecho canónico, según el criterio-base expresado en el último canon: la ley suprema es la salvación de las almas". Ahora lo dice para la Iglesia universal. Por supuesto que no se trata de disminuir el valor de una catequesis adecuada, se apresuraba a explicar el entonces cardenal, "pero siempre hay que mirar a nuestra gente tal como es, y ver qué es más necesario. Los sacramentos son para la vida de los hombres y las mujeres tal como son. Gente que puede que no sea de mucho hablar, pero que tienen un sensus fidei que comprende la realidad de los sacramentos con más claridad que muchos especialistas". Esta entrevista, junto a otras realizadas por Valente que retratan la pastoral a pie de calle del cardenal Bergoglio, incluidas las famosas Villas miseria, puede leerse en un pequeño volumen que acaba de publicar la Editorial Marova con el título "Francisco, un Papa del fin del mundo".
Lo verdaderamente interesante es que en estas intervenciones se desvela el perfil misionero de Francisco, que lejos de ser una pose es una forma natural de vivir la fe. Lo ha repetido hasta la saciedad: "Prefiero mil veces una Iglesia accidentada, que haya tenido un accidente, que una Iglesia enferma por encerrarse". Además me llama la atención su profunda sintonía con la conciencia que tantas veces mostró Benedicto XVI sobre la naturaleza de la misión y sobre la necesidad de aprender una nueva forma de estar presentes; sobre la necesidad de no conformarnos con lo que ya tenemos o creemos tener. Profunda continuidad con la forma llena de estima respeto que siempre nos mostró a la hora de encontrar a hombres y mujeres de toda procedencia cultural y pertenencia religiosa.
El Sucesor de Pedro nos está llamando a salir (y eso incomoda, provoca zozobra), a ir al encuentro con todos porque todos tienen algo en común con nosotros: que son imagen de Dios, que su estructura humana, su corazón, busca una satisfacción que sólo puede dar el Infinito. "Ir al encuentro con todos, sin negociar nuestra pertenencia", decía a los miembros de los movimientos y comunidades eclesiales en la Vigilia de Pentecostés.
La misión no consiste en gritar más fuerte y cerrar las filas, consiste en este encuentro con el corazón del otro que busca el sentido de su propia vida, que busca (tantas veces sin saberlo) el Infinito. Y al otro hay que buscarle donde está y como está, para ofrecerle un tesoro del que no somos dueños, al revés, el tesoro de la fe al que pertenecemos, que nos define, y ante el que cada mañana somos retados a decir nuevamente "sí". Y esto es dramático. Naturalmente que al salir podemos resultar accidentados, miremos la historia de la Iglesia, miremos a Jesús ante el Sanedrín. Pero sólo aceptando este riesgo nuestra vida no decae sino que se hace siempre más grande. En esto parece que Francisco no piensa darnos tregua, afortunadamente.
http://www.paginasdigital.es/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=3816&te=15&idage=7267&vap=0
martedì 14 maggio 2013
L'intervento del card. Scola sulla libertà religiosa nel commento di José Luis Restán
Riceviamo e con grande piacere e gratitudine pubblichiamo:
Aprender un modo nuevo de estar presentes
José Luis Restán
El debate en torno a la libertad religiosa, su alcance, significado y valor para la convivencia civil, hierve estos días en la ciudad de Milán. Para el próximo 15 de mayo se espera la llegada del Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, que con motivo de la celebración del 1.700 aniversario del Edicto de Milán pronunciará una lección sobre dicho tema en el Palacio Real, y posteriormente participará en una oración ecuménica en la Basílica de San Ambrosio junto a su anfitrión, el cardenal Angelo Scola.
En la presentación pública de estos actos Scola ha explicado que Europa está viviendo una transición en las que se experimenta algo así como los dolores de un parto. Los europeos (creyentes y no creyentes) nos vemos en la necesidad de repensar nuestra propia fisonomía, que en cualquier caso va a estar marcada por la inter-religiosidad y la inter-culturalidad. Con su franqueza habitual, compatible con una exquisita precisión, el purpurado milanés ha advertido que esto será así "nos guste o no", lo que implicará para todos los sujetos sociales la necesidad de aprender a vivir en un contexto nuevo. Y aprender siempre es fatigoso.
Mirando hacia Oriente, una perspectiva que conoce muy bien y en la que está fuertemente implicado a través de la Fundación OASIS, Scola ha denunciado el fundamentalismo como un fenómeno en el que diversos poderes actúan como parásitos de la religión pervirtiéndola, y ha señalado que allí es preciso trabajar para que crezca el aprecio y la apertura a las diversas expresiones religiosas, por ejemplo eliminando leyes como la de la Blasfemia. En cuanto al mundo occidental la urgencia consiste superar la reticencia hacia el fenómeno religioso y la ambigüedad de algunas concepciones de la laicidad que terminan por crear un clima poco propicio a la auténtica libertad religiosa. Y esto se traduce en daño y empobrecimiento de la convivencia.
Una vez más Scola ha querido explicar el concepto que ha acuñado como "mestizaje cultural", subrayando que no puede ser entendido como sincretismo, como un espacio de confusión religiosa. Se trata por el contrario de "aprender a vivir en una sociedad plural, a través de una narración recíproca de la propia experiencia de cada uno, en un ámbito de libertad y mutuo respeto". El cardenal ha reconocido que se trata de una empresa compleja, y en este sentido ha subrayado que advierte una gran fatiga en el mundo católico a la hora de buscar su propio lugar, un modo adecuado de estar dentro de la sociedad plural con su propio rostro y en diálogo con todos. Aunque a continuación ha señalado que esta dificultad no afecta sólo a los católicos sino a los diversos sujetos sociales. "Debemos aprender a vivir valorando el bien práctico que supone estar juntos", ha remachado Scola, señalando a los responsables públicos la tarea de transformar este bien práctico de la convivencia en decisiones políticas concretas.
La idea más repetida en su comparecencia ha sido la necesidad y la fatiga de aprender un nuevo modo de estar presentes en este momento convulso de la historia. Para los católicos este es un desafío que debe afrontarse sin temores ni prejuicios, con la imaginación que nace de la potente experiencia humana de la fe. "Como católicos sabemos que nuestro campo es el mundo, no tenemos bastiones que defender sino caminos que por recorrer para ir al encuentro de lo humano". No es difícil reconocer la profunda sintonía con la invitación del papa Francisco a salir de nuestro perímetro de seguridad para alcanzar las periferias existenciales de nuestro mundo.
http://www.paginasdigital.es/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=3764&te=15&idage=7183&vap=0
Aprender un modo nuevo de estar presentes
José Luis Restán
El debate en torno a la libertad religiosa, su alcance, significado y valor para la convivencia civil, hierve estos días en la ciudad de Milán. Para el próximo 15 de mayo se espera la llegada del Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, que con motivo de la celebración del 1.700 aniversario del Edicto de Milán pronunciará una lección sobre dicho tema en el Palacio Real, y posteriormente participará en una oración ecuménica en la Basílica de San Ambrosio junto a su anfitrión, el cardenal Angelo Scola.
En la presentación pública de estos actos Scola ha explicado que Europa está viviendo una transición en las que se experimenta algo así como los dolores de un parto. Los europeos (creyentes y no creyentes) nos vemos en la necesidad de repensar nuestra propia fisonomía, que en cualquier caso va a estar marcada por la inter-religiosidad y la inter-culturalidad. Con su franqueza habitual, compatible con una exquisita precisión, el purpurado milanés ha advertido que esto será así "nos guste o no", lo que implicará para todos los sujetos sociales la necesidad de aprender a vivir en un contexto nuevo. Y aprender siempre es fatigoso.
Mirando hacia Oriente, una perspectiva que conoce muy bien y en la que está fuertemente implicado a través de la Fundación OASIS, Scola ha denunciado el fundamentalismo como un fenómeno en el que diversos poderes actúan como parásitos de la religión pervirtiéndola, y ha señalado que allí es preciso trabajar para que crezca el aprecio y la apertura a las diversas expresiones religiosas, por ejemplo eliminando leyes como la de la Blasfemia. En cuanto al mundo occidental la urgencia consiste superar la reticencia hacia el fenómeno religioso y la ambigüedad de algunas concepciones de la laicidad que terminan por crear un clima poco propicio a la auténtica libertad religiosa. Y esto se traduce en daño y empobrecimiento de la convivencia.
Una vez más Scola ha querido explicar el concepto que ha acuñado como "mestizaje cultural", subrayando que no puede ser entendido como sincretismo, como un espacio de confusión religiosa. Se trata por el contrario de "aprender a vivir en una sociedad plural, a través de una narración recíproca de la propia experiencia de cada uno, en un ámbito de libertad y mutuo respeto". El cardenal ha reconocido que se trata de una empresa compleja, y en este sentido ha subrayado que advierte una gran fatiga en el mundo católico a la hora de buscar su propio lugar, un modo adecuado de estar dentro de la sociedad plural con su propio rostro y en diálogo con todos. Aunque a continuación ha señalado que esta dificultad no afecta sólo a los católicos sino a los diversos sujetos sociales. "Debemos aprender a vivir valorando el bien práctico que supone estar juntos", ha remachado Scola, señalando a los responsables públicos la tarea de transformar este bien práctico de la convivencia en decisiones políticas concretas.
La idea más repetida en su comparecencia ha sido la necesidad y la fatiga de aprender un nuevo modo de estar presentes en este momento convulso de la historia. Para los católicos este es un desafío que debe afrontarse sin temores ni prejuicios, con la imaginación que nace de la potente experiencia humana de la fe. "Como católicos sabemos que nuestro campo es el mundo, no tenemos bastiones que defender sino caminos que por recorrer para ir al encuentro de lo humano". No es difícil reconocer la profunda sintonía con la invitación del papa Francisco a salir de nuestro perímetro de seguridad para alcanzar las periferias existenciales de nuestro mundo.
http://www.paginasdigital.es/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=3764&te=15&idage=7183&vap=0
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martedì 7 maggio 2013
Dice Mons. Becciu: è un po' strano...(José Luis Restán)
Riceviamo e con grande piacere e gratitudine pubblichiamo:
Dice Becciu: es un poco extraño....
José Luis Restán
El pasado 1 de mayo el Boletín oficial de la Sala Stampa de la Santa Sede publicaba a las 12h una entrevista concedida por el Sustituto de la Secretaría de Estado, Angelo Becciu a L'Osservatore Romano. Los temas abordados no eran para dejar indiferentes a los vaticanistas, pero todavía menos el singular procedimiento, indicativo de la importancia y resonancia que se pretendía dar a esta pieza. En este caso bien puede aceptarse aquello de que "el medio es el mensaje".
La verdad es que la entrevista es cristalina y no esconde el deseo de rebatir punto por punto, desde la cúspide vaticana, una serie de interpretaciones ideológicas, lecturas fantasiosas y proyectos personales o de grupo, que han acompañado como un coro desafinado las últimas semanas en la Santa Sede. El chirrido ha sido intenso a pesar de lo que algunos consideran como una "luna de miel" de los grandes medios con este primer tramo del pontificado de Francisco. Los temas abordados por el arzobispo Becciu se refieren a la anunciada reforma de la Curia, el significado del grupo de ocho cardenales nombrados para aconsejar al papa y el futuro del IOR (conocido con cierta simpleza como Banco Vaticano). Materias para no dejar indiferente a los opinion makers vaticanos, muy activos en estos últimos dos meses. Muy posiblemente la inmensa mayoría del pueblo fiel ha vivido y vive con sencillo gozo exento de polémicas los acontecimientos eclesiales desde febrero, pero tampoco hay que descartar el impacto que a medio plazo pueden tener ciertas cantinelas.
El estilo de las respuestas es franco e incluso irónico, por ejemplo cuando se refiere a la catarata de ideas publicadas sobre la futura reforma de la Curia, algo que Mons. Becciu considera "un poco extraño", porque "el Papa aún no se ha reunido el grupo de asesores que ha elegido y ya llueven los consejos...". Consejos que nadie ha pedido, le faltó decir al Sustituto, pero se entiende. Y además deja negro sobre blanco un aviso, porque la facundia también ha alcanzado a notables miembros de la Curia: todos los responsables de los distintos dicasterios continúan en funciones hasta nuevo aviso (donec aliter provideatur), ya que el Santo Padre quiere tomarse tiempo para la reflexión y la oración, y comprender así mejor cuál es la situación. Así pues sobre la Curia no hay emergencia, el Papa quiere estudiar bien las cosas y no desea que nadie le suministre recetas precocinadas (especialmente aquellos a los que no se les ha pedido).
De mayor enjundia si cabe es el asunto del que algunos llaman ya el G8 cardenalicio. Sobre esto el péndulo ha oscilado entre el entusiasmo de quienes ven una redefinición democrática de la Iglesia y el escándalo de los que no se recatan a la hora de acusar de una demolición del papado. Mons. Becciu responde que "se trata de un órgano consultivo, no de toma de decisiones, y realmente no veo cómo la elección del Papa Francisco pondría en duda el primado". Sin embargo aclara que "se trata de un gesto de gran importancia, que quiere dar una señal clara acerca de las formas en que el Santo Padre ejerce su ministerio". Preguntado sobre si la función de aconsejar no resulta un tanto genérica, responde que "debe ser interpretada desde una perspectiva teológica" y que en la historia de la Iglesia "asesorar tiene una función de importancia absoluta para ayudar al superior a discernir... a entender lo que el Espíritu pide a la Iglesia en un momento histórico determinado". Para los enfadados, Mons Becciu reserva este comentario: "sin esta referencia (al papel del consejo) no se entiende nada sobre el verdadero significado de gobierno en la Iglesia".
La otra cuestión abordada se refiere al IOR, el Instituto para las Obras de Religión, y a la leyenda urbana de que podría ser suprimido. Una vez más Becciu habla directamente en nombre del Papa en la entrevista, para decir que Francisco "se sorprende de que se le atribuyan frases que nunca ha dicho y que se tergiverse su pensamiento". Sobre el IOR, el Papa realizó una mención durante una homilía sin papeles en Santa Marta, en la que recordó que "la esencia de la Iglesia consiste en una historia de amor entre Dios y los hombres, y cómo las diferentes estructuras humanas, incluida la IOR, son menos importantes". Así pues se trataba de una invitación a no perder de vista la naturaleza esencial de la Iglesia, referida al IOR porque en la Misa participaban varios empleados de dicho instituto. Pero en ningún caso de un anuncio de demolición. Y es que últimamente algunos demoledores confunden la realidad con sus pensamientos.
Dice Becciu: es un poco extraño....
José Luis Restán
El pasado 1 de mayo el Boletín oficial de la Sala Stampa de la Santa Sede publicaba a las 12h una entrevista concedida por el Sustituto de la Secretaría de Estado, Angelo Becciu a L'Osservatore Romano. Los temas abordados no eran para dejar indiferentes a los vaticanistas, pero todavía menos el singular procedimiento, indicativo de la importancia y resonancia que se pretendía dar a esta pieza. En este caso bien puede aceptarse aquello de que "el medio es el mensaje".
La verdad es que la entrevista es cristalina y no esconde el deseo de rebatir punto por punto, desde la cúspide vaticana, una serie de interpretaciones ideológicas, lecturas fantasiosas y proyectos personales o de grupo, que han acompañado como un coro desafinado las últimas semanas en la Santa Sede. El chirrido ha sido intenso a pesar de lo que algunos consideran como una "luna de miel" de los grandes medios con este primer tramo del pontificado de Francisco. Los temas abordados por el arzobispo Becciu se refieren a la anunciada reforma de la Curia, el significado del grupo de ocho cardenales nombrados para aconsejar al papa y el futuro del IOR (conocido con cierta simpleza como Banco Vaticano). Materias para no dejar indiferente a los opinion makers vaticanos, muy activos en estos últimos dos meses. Muy posiblemente la inmensa mayoría del pueblo fiel ha vivido y vive con sencillo gozo exento de polémicas los acontecimientos eclesiales desde febrero, pero tampoco hay que descartar el impacto que a medio plazo pueden tener ciertas cantinelas.
El estilo de las respuestas es franco e incluso irónico, por ejemplo cuando se refiere a la catarata de ideas publicadas sobre la futura reforma de la Curia, algo que Mons. Becciu considera "un poco extraño", porque "el Papa aún no se ha reunido el grupo de asesores que ha elegido y ya llueven los consejos...". Consejos que nadie ha pedido, le faltó decir al Sustituto, pero se entiende. Y además deja negro sobre blanco un aviso, porque la facundia también ha alcanzado a notables miembros de la Curia: todos los responsables de los distintos dicasterios continúan en funciones hasta nuevo aviso (donec aliter provideatur), ya que el Santo Padre quiere tomarse tiempo para la reflexión y la oración, y comprender así mejor cuál es la situación. Así pues sobre la Curia no hay emergencia, el Papa quiere estudiar bien las cosas y no desea que nadie le suministre recetas precocinadas (especialmente aquellos a los que no se les ha pedido).
De mayor enjundia si cabe es el asunto del que algunos llaman ya el G8 cardenalicio. Sobre esto el péndulo ha oscilado entre el entusiasmo de quienes ven una redefinición democrática de la Iglesia y el escándalo de los que no se recatan a la hora de acusar de una demolición del papado. Mons. Becciu responde que "se trata de un órgano consultivo, no de toma de decisiones, y realmente no veo cómo la elección del Papa Francisco pondría en duda el primado". Sin embargo aclara que "se trata de un gesto de gran importancia, que quiere dar una señal clara acerca de las formas en que el Santo Padre ejerce su ministerio". Preguntado sobre si la función de aconsejar no resulta un tanto genérica, responde que "debe ser interpretada desde una perspectiva teológica" y que en la historia de la Iglesia "asesorar tiene una función de importancia absoluta para ayudar al superior a discernir... a entender lo que el Espíritu pide a la Iglesia en un momento histórico determinado". Para los enfadados, Mons Becciu reserva este comentario: "sin esta referencia (al papel del consejo) no se entiende nada sobre el verdadero significado de gobierno en la Iglesia".
La otra cuestión abordada se refiere al IOR, el Instituto para las Obras de Religión, y a la leyenda urbana de que podría ser suprimido. Una vez más Becciu habla directamente en nombre del Papa en la entrevista, para decir que Francisco "se sorprende de que se le atribuyan frases que nunca ha dicho y que se tergiverse su pensamiento". Sobre el IOR, el Papa realizó una mención durante una homilía sin papeles en Santa Marta, en la que recordó que "la esencia de la Iglesia consiste en una historia de amor entre Dios y los hombres, y cómo las diferentes estructuras humanas, incluida la IOR, son menos importantes". Así pues se trataba de una invitación a no perder de vista la naturaleza esencial de la Iglesia, referida al IOR porque en la Misa participaban varios empleados de dicho instituto. Pero en ningún caso de un anuncio de demolición. Y es que últimamente algunos demoledores confunden la realidad con sus pensamientos.
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martedì 30 aprile 2013
Benedetto XVI ritorna nel "recinto di San Pietro" (José Luis Restán)
Riceviamo e con grande piacere e gratitudine pubblichiamo:
Aquella inolvidable Carta, en medio del huracán
José Luis Restán
El próximo jueves Benedicto XVI retorna al "recinto de San Pedro", donde por decisión completamente libre permanecerá hasta el final de su peregrinación en esta tierra. Se hace imposible no pensar en las últimas palabras dirigidas a su pueblo: "No vuelvo a la vida privada, a una vida de viajes, encuentros, recepciones, conferencias, etcétera. No abandono la cruz, sino que permanezco de manera nueva junto al Señor Crucificado. Ya no tengo la potestad del oficio para el gobierno de la Iglesia, pero en el servicio de la oración permanezco, por así decirlo, en el recinto de San Pedro".
Esas palabras, dichas con la tersura cristalina que siempre le acompañó, salían también al paso de incomprensiones y truculentas fantasías. Y a buen seguro obligarán a mucha reflexión de canonistas y teólogos en el inmediato futuro. "Amar a la Iglesia significa también tener el valor de tomar decisiones difíciles, sufridas, teniendo siempre delante el bien de la Iglesia y no el de uno mismo". Decisiones difíciles... No se trata, pues, del merecido descanso de un anciano en el límite de sus fuerzas, sino del paso consciente y sacrificado de quien ha entendido que el Señor quería abrir un capítulo nuevo en esta historia en la que siempre fue un sencillo (y sudoroso) trabajador de la viña.
La verdad es que Joseph Ratzinger siempre ha explicado con paciencia y humildad cada uno de sus pasos sin defenderse tras insignias ni estructuras, pues sabía muy bien que el oficio del Pescador nada tiene que ver con la arbitrariedad o la prepotencia. La forma de este diálogo sereno del último miércoles en la plaza de San Pedro, marcado por un realismo que traspira gratitud y esperanza, me ha hecho pensar en otro diálogo lleno de dramatismo, quizás único en su género en la ya larga historia del papado: me refiero a la carta escrita el 10 de marzo de 2009 a todos los obispos de la Iglesia Católica, con motivo de la remisión de la excomunión de cuatro obispos que habían sido consagrados por el arzobispo francés Marcel Lefebvre en 1988.
Quizás los meses de febrero y marzo de 2009 hayan sido los más amargos de su pontificado. Tras una decisión que pretendía acercar la curación de una herida que supuraba desde hacía más de veinte años, allanando el camino de vuelta a casa para los seguidores de Lefebvre, el papa experimentó en su carne lo que es la soledad última de su ministerio. Pero no sólo: también la soledad fruto de la huída de quienes deberían haberlo protegido, de la cobardía, de la calumnia y del cálculo cicatero de tantos, dentro y fuera de la Iglesia. "También los católicos, que en el fondo hubieran podido saber mejor cómo están las cosas, han pensado que debían herirme con una hostilidad dispuesta al ataque". Y en otro momento no duda en evocar el reproche de San Pablo a los Gálatas, cuando les advierte del riesgo de morderse y devorarse mutuamente. Así se expresaba, sin defensas mundanas, el Pastor de la Iglesia universal, clavado por aquellos días en la picota, acusado de malvender el Concilio, de insultar a los judíos y de fracturar esa Iglesia por cuya unidad él siempre estuvo dispuesto a dar la propia vida.
Su carta a todos los obispos me hizo pensar en la Apología pro vita sua del beato J.H. Newman, claro que el genial converso inglés no se sentaba en la Sede Apostólica. En estas líneas explota toda la potencia de la razón de Ratzinger, pero también su amor apasionado por Cristo y por la Iglesia. "¿Era y es realmente una equivocación salir al encuentro del hermano que "tiene quejas contra ti" y buscar la reconciliación?... ¿Puede ser totalmente desacertado el comprometerse en la disolución de las rigideces y restricciones, para dar espacio a lo que haya de positivo y recuperable para el conjunto?... ¿Debemos realmente dejarlos (a los seguidores de Lefebvre) tranquilamente ir a la deriva lejos de la Iglesia?... ¿Podemos simplemente excluirlos, como representantes de un grupo marginal radical, de la búsqueda de la reconciliación y de la unidad? ¿Qué será de ellos luego?" Sabemos cómo han respondido después estos hermanos... pero esa es otra historia.
La tensión dramática de aquellas páginas escritas en medio del huracán refleja mucho más que un legítimo desahogo o una merecida admonición. Esta carta única en la historia desvela una dimensión que misteriosamente acompaña, antes o después, a quienes reciben el encargo de calzar las sandalias del pescador: la dimensión del martirio. Pedro debe extender las manos para ser ceñido y llevado a donde no hubiera querido ir. Pero sobre todo encontramos aquí una llamada de atención sobre las prioridades de la Iglesia en este comienzo del siglo XXI, cuando en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse y la humanidad se ve afectada por una falta de orientación cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto.
No existe otra prioridad por encima de hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios, pero no a uno cualquiera, sino al Dios que se ha revelado en Jesucristo muerto y resucitado. Por esta prioridad se ha entregado y desgastado Benedicto XVI, por esta prioridad permanece escondido para el mundo, atado a la cruz de su Señor en el recinto de San Pedro, con la dulce paz de quien sabe que "Dios guía a su Iglesia, la sostiene siempre, también y sobre todo en los momentos difíciles... esa es la única visión verdadera del camino de la Iglesia y del mundo".
http://www.paginasdigital.es/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=3724&te=15&idage=7118&vap=0
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giovedì 11 aprile 2013
Pietro, garante della libertà (José Luis Restán)
Riceviamo e con grande piacere e gratitudine pubblichiamo:
Pedro, garante de la libertad
José Luis Restán
Tras un mes de vértigo el papa Francisco ha culminado un primer tramo de su camino. La coincidencia con las celebraciones de la Semana Santa y de la Pascua le ha permitido centrar su primer magisterio en el corazón de la fe cristiana: en Jesús muerto y resucitado para salvar a cada hombre. Ha realizado muchos gestos que desvelan su temperamento misionero y su estilo de pastor decidido a estar cerca de su pueblo. Ha trenzado su eficaz comunicación con los hilos de la misericordia, de la cruz y del vigor apostólico. Pero su gobierno apenas ha comenzado y la impresionante expectación suscitada agranda, si cabe, las lógicas preguntas.
Una de ellas se refiere al modo en que Francisco ejercerá su ministerio como sucesor del apóstol Pedro. La cuestión de la modalidad no es baladí: Juan Pablo II, en su encíclica Ut unum sint, dejó planteado el desafío de buscar una forma de ejercicio del primado que, sin renunciar a lo esencial de su misión, pueda ser reconocido y aceptado por todos los cristianos. En la conciencia de los últimos papas ha estado siempre presente la paradoja de que, siendo el ministerio de Pedro un servicio esencial para la fe y la unidad de la Iglesia, explícitamente querido por el Señor, haya sido también piedra de tropiezo para muchos cristianos.
Desde su primer saludo Francisco ha querido subrayar con fuerza su condición de obispo de Roma, recordando con la célebre frase de Ignacio de Antioquía que esta sede "preside en el amor a todas las Iglesias". También ha querido subrayar que el poder recibido por Pedro del Señor sólo puede ejercerse como servicio. Un subrayado, por cierto, que Benedicto XVI realizó también durante su toma de posesión de la cátedra de San Juan de Letrán y que Juan Pablo II había hecho suyo en la mencionada encíclica. Pero ¿cuál es el significado preciso de esta función de la sede romana reconocida ya desde el primer siglo? En el fondo, desde hace más de un siglo los papas han intentado profundizar en esta pregunta, se han esforzado por despojar al ministerio petrino de adherencias temporales, de incrustaciones malsanas y de inercias históricas.
Es significativo el texto inédito de Joseph Ratzinger que ha publicado L'Osservatore Romano el pasado lunes, en el que explicaba cómo el Concilio Vaticano I dejó a la luz la dimensión espiritual de un papado libre de gangas temporales, y "lo definió nuevamente partiendo del seguimiento de Cristo, privado de poder terrenal, del mismo modo que Pedro el pescador le había seguido, sin poder alguno, hasta su crucifixión en Roma". Conviene tener presente esta perspectiva cuando tantos describen el primer tramo de Francisco como una ruptura con los pontificados anteriores.
Algunos plantean estos días, ya sea en los periódicos o en tribunas especializadas, un primado en la fe y en la caridad que se expresaría únicamente como servicio y no como jurisdicción. No pretendo exponer una tesis sino abordar una cuestión trascendental para cada cristiano y para el conjunto de la Iglesia. Juan Pablo II ya advertía que la función de asegurar la comunión sería ilusoria si el obispo de Roma se viese privado del poder y la autoridad que le son propios.
Por su parte Benedicto XVI subrayaba con especial eficacia: "Presidir en la doctrina y presidir en el amor deben ser una sola cosa: toda la doctrina de la Iglesia, en resumidas cuentas, conduce al amor". En su memorable libro El complejo antirromano, Urs von Balthasar destroza sin contemplaciones la eterna pretensión de vaciar de sustancia el ministerio de Pedro reduciéndolo a un supuesto servicio, artificialmente contrapuesto a la jurisdicción.
En el dinamismo propio de la renovación en la continuidad, Francisco buscará su propio estilo y es muy posible que bajo su pontificado se produzcan nuevos pasos en la dirección que auspiciaba la encíclica Ut unum sint.
Ciertamente el pontificado de Benedicto XVI, con su concepción profundamente evangélica y sus gestos innovadores, ha preparado el camino. Durante sus casi ocho años ha explicado y mostrado sin cesar que el papa no es un soberano absoluto cuyo pensamiento y voluntad se convierten en ley. Por el contrario, el ministerio de Pedro es la garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra.
Aquí la continuidad entre Francisco y Benedicto se hace evidente más allá de estilos y temperamentos: el papa no pretende imponer sus propias ideas sino que se sabe unido a la gran comunidad de la fe de todos los tiempos, su poder no está por encima, sino al servicio de la palabra de Dios, y tiene la responsabilidad de hacer que esta Palabra siga resonando en toda su pureza frente a la frivolidad, la moda y la mentira. Un ministerio que el papa Francisco ejercía claramente estos días al recordar "que la fe no se vende ni se atiene a componendas" porque como Pedro "no podemos callar ante aquello que hemos visto y oído". En la historia del pueblo de Dios siempre ha existido la tentación de eliminar una parte de la fe, advertía Francisco, pero "la fe es tal como la confesamos en el Credo".
Por último. Es comprensible que ortodoxos y reformados contemplen con esperanza este ya largo camino del papado, pero sería deseable que ellos también se movieran en la dirección de la Iglesia indivisa del primer milenio. Y en cuanto al clima que están creando algunos intelectuales católicos, ojalá no necesitemos que un nuevo Vladimir Soloviev, tal vez llegado de Oriente, tenga que recordarnos que Roma es, para todo cristiano, la condición de la libertad.
http://www.paginasdigital.es/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=3677&te=15&idage=7029&vap=0
Pedro, garante de la libertad
José Luis Restán
Tras un mes de vértigo el papa Francisco ha culminado un primer tramo de su camino. La coincidencia con las celebraciones de la Semana Santa y de la Pascua le ha permitido centrar su primer magisterio en el corazón de la fe cristiana: en Jesús muerto y resucitado para salvar a cada hombre. Ha realizado muchos gestos que desvelan su temperamento misionero y su estilo de pastor decidido a estar cerca de su pueblo. Ha trenzado su eficaz comunicación con los hilos de la misericordia, de la cruz y del vigor apostólico. Pero su gobierno apenas ha comenzado y la impresionante expectación suscitada agranda, si cabe, las lógicas preguntas.
Una de ellas se refiere al modo en que Francisco ejercerá su ministerio como sucesor del apóstol Pedro. La cuestión de la modalidad no es baladí: Juan Pablo II, en su encíclica Ut unum sint, dejó planteado el desafío de buscar una forma de ejercicio del primado que, sin renunciar a lo esencial de su misión, pueda ser reconocido y aceptado por todos los cristianos. En la conciencia de los últimos papas ha estado siempre presente la paradoja de que, siendo el ministerio de Pedro un servicio esencial para la fe y la unidad de la Iglesia, explícitamente querido por el Señor, haya sido también piedra de tropiezo para muchos cristianos.
Desde su primer saludo Francisco ha querido subrayar con fuerza su condición de obispo de Roma, recordando con la célebre frase de Ignacio de Antioquía que esta sede "preside en el amor a todas las Iglesias". También ha querido subrayar que el poder recibido por Pedro del Señor sólo puede ejercerse como servicio. Un subrayado, por cierto, que Benedicto XVI realizó también durante su toma de posesión de la cátedra de San Juan de Letrán y que Juan Pablo II había hecho suyo en la mencionada encíclica. Pero ¿cuál es el significado preciso de esta función de la sede romana reconocida ya desde el primer siglo? En el fondo, desde hace más de un siglo los papas han intentado profundizar en esta pregunta, se han esforzado por despojar al ministerio petrino de adherencias temporales, de incrustaciones malsanas y de inercias históricas.
Es significativo el texto inédito de Joseph Ratzinger que ha publicado L'Osservatore Romano el pasado lunes, en el que explicaba cómo el Concilio Vaticano I dejó a la luz la dimensión espiritual de un papado libre de gangas temporales, y "lo definió nuevamente partiendo del seguimiento de Cristo, privado de poder terrenal, del mismo modo que Pedro el pescador le había seguido, sin poder alguno, hasta su crucifixión en Roma". Conviene tener presente esta perspectiva cuando tantos describen el primer tramo de Francisco como una ruptura con los pontificados anteriores.
Algunos plantean estos días, ya sea en los periódicos o en tribunas especializadas, un primado en la fe y en la caridad que se expresaría únicamente como servicio y no como jurisdicción. No pretendo exponer una tesis sino abordar una cuestión trascendental para cada cristiano y para el conjunto de la Iglesia. Juan Pablo II ya advertía que la función de asegurar la comunión sería ilusoria si el obispo de Roma se viese privado del poder y la autoridad que le son propios.
Por su parte Benedicto XVI subrayaba con especial eficacia: "Presidir en la doctrina y presidir en el amor deben ser una sola cosa: toda la doctrina de la Iglesia, en resumidas cuentas, conduce al amor". En su memorable libro El complejo antirromano, Urs von Balthasar destroza sin contemplaciones la eterna pretensión de vaciar de sustancia el ministerio de Pedro reduciéndolo a un supuesto servicio, artificialmente contrapuesto a la jurisdicción.
En el dinamismo propio de la renovación en la continuidad, Francisco buscará su propio estilo y es muy posible que bajo su pontificado se produzcan nuevos pasos en la dirección que auspiciaba la encíclica Ut unum sint.
Ciertamente el pontificado de Benedicto XVI, con su concepción profundamente evangélica y sus gestos innovadores, ha preparado el camino. Durante sus casi ocho años ha explicado y mostrado sin cesar que el papa no es un soberano absoluto cuyo pensamiento y voluntad se convierten en ley. Por el contrario, el ministerio de Pedro es la garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra.
Aquí la continuidad entre Francisco y Benedicto se hace evidente más allá de estilos y temperamentos: el papa no pretende imponer sus propias ideas sino que se sabe unido a la gran comunidad de la fe de todos los tiempos, su poder no está por encima, sino al servicio de la palabra de Dios, y tiene la responsabilidad de hacer que esta Palabra siga resonando en toda su pureza frente a la frivolidad, la moda y la mentira. Un ministerio que el papa Francisco ejercía claramente estos días al recordar "que la fe no se vende ni se atiene a componendas" porque como Pedro "no podemos callar ante aquello que hemos visto y oído". En la historia del pueblo de Dios siempre ha existido la tentación de eliminar una parte de la fe, advertía Francisco, pero "la fe es tal como la confesamos en el Credo".
Por último. Es comprensible que ortodoxos y reformados contemplen con esperanza este ya largo camino del papado, pero sería deseable que ellos también se movieran en la dirección de la Iglesia indivisa del primer milenio. Y en cuanto al clima que están creando algunos intelectuales católicos, ojalá no necesitemos que un nuevo Vladimir Soloviev, tal vez llegado de Oriente, tenga que recordarnos que Roma es, para todo cristiano, la condición de la libertad.
http://www.paginasdigital.es/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=3677&te=15&idage=7029&vap=0
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